Grúas

GRÚAS

Me conmueven las grúas en invierno.

Parecen estar vivas y cumplir
su vértigo llenándose de grajos
que bordan en su acero un pentagrama.

La esencia de las grúas son las aves
de paso. Las cruces de este siglo,
donde todo se mueve, son las grúas:
inmóviles, calladas, imposibles.

Yo he querido ser grúa muchas veces,
recibir la nevada antes que el mundo,
los pájaros, los rayos matutinos…
y ser desmantelado cuando acabe
la obra en la que elevo humilde carga.

Las grúas son amigas de los pájaros.

Que vengan y se posen en mis hombros
mientras huyen del frío es mi deseo.

Que canten para mí, ser para ellos
el árbol más sencillo, pues apenas
un eje vertical y un brazo abierto
conforman mi estructura permanente.

(Vendrá la muerte a dar vida a este sueño
haciéndome también ave de paso).

Y, mientras, ser tan sólo un trasto útil
entre el cielo y la tierra. Algo invisible
a los ojos de todos pero nunca
al ojo diferente de los grajos.

(Antonio Praena, Yo he querido ser grúa muchas veces)

(Música: For The World, de Tan Dun, de la BSO de la película Hero)  

Mis manos

Tengo las manos pequeñas, con falanges cortas y una breve capa de vello que apenas se divisa ya entre los nudillos.

Cuando las cierro, mi puño es minúsculo. Posiblemente, como decían cansinamente los libros de texto de cuando era niño en tardes que recuerdo somnolientas, minúsculo sea por eso el tamaño de mi corazón.

Me cuesta abrir los botes de cristal, apretar las tuercas y atornillar los clavitos esos que van peinados con la raya en medio. No consigo sujetar una moneda entre los dedos sin que se note que la llevo y cualquier llave me doblega enseguida si se me cruza en el camino algún problema de goznes o de cerraduras.

Mis manos se me rebelaron ya desde muy niño. Dedos cortos para tocar la guitarra, demasiado gruesos para los trucos de naipes. Muy sudorosas para pasear agarrado, excesivamente ásperas para materiales sensibles, inseguras contra el frío y débiles para proteger contra el mundo.

Hubo un tiempo en que decidieron perder el tacto. Las cosas más importantes se me caían de las manos porque siempre tuve miedo de apretar más de la cuenta. No podía mostrarlas en público y desde entonces arrastro esta manía de ponerlas a jugar al escondite con los bolsillos.

Y sin embargo, antiguas enemigas, se vuelcan ahora en las teclas como si pudieran cambiar mi destino, como si rebuscaran contraseñas que me abran las puertas de otra vida. Acarician estas palabras sin tinta como si alguien, al otro lado, estuviera colgando en ellas una vida.

Él las tiene hermosas, elegantes, jóvenes. Las vio, años después, en una fotocopia de esas que se hacen por curiosidad y las reconoció enseguida. Manos de dedos largos y rasgos suaves, de palmas abiertas al futuro y sin miedo escrito en la línea del corazón.

Yo no reconocería mis manos antiguas, ya no. Ni ayuda la vista cansada, ni el paso del tiempo respeta nada. Pero aun así, todavía espero que mis manos, antes de que el fragor de los teclados les borre las huellas para siempre, encuentren una memoria amiga en donde guarecerse.

Que mi mano encuentre una caligrafía en la que posarse suavemente, que halle un tiempo en el que desplegarse al calor de los días y que, cuando la vida nos arrincone contra las tablas y nos apriete los puños manchados de soledad, la salve otra mano que la recuerde entera, abierta, desnuda.

Mientras tanto

Mientras tanto
Quizá las cosas
tengan que ser así de escasas,
quizá la felicidad
sólo pueda ser disfrutada
con cuentagotas,
quizá sea necesario no tenerse
para que el amor arda,
quizá no haya veneno que mate
más despacio que la rutina.

Y el tiempo mientras tanto,
eso es la vida.

Quizá las cosas se rebelen,
la felicidad se me atragante,
el amor se convierta en ceniza
y el veneno me deje indemne,
pero el tiempo mientras tanto,
eso es la vida.

Se esfumó

(Acordes de Nunca es nunca — Siddartha)

Se esfumó

Se me esfumó un poema.

Se fue con viento fresco,
evanescente, apenas sin dejar rastro.

Sólo un escalofrío húmedo
como un ente del otro lado
que te sopla a la oreja
y te clava ojos invisibles
y te lee sin palabras
la espina dorsal,
la corriente sanguínea,
los sueños, el metatarso,
los secretos menores y mayores,
el hueso sacro,
las ideas, las penas, las alergias,
hasta el centro de la médula
y la memoria y sus fallos.

No lo noté entonces.

Pero abrí la ventana,
miré a lo lejos,
ordené los cojines del cuarto,
encendí un incienso
y me quedé pensando
que algo había volado.

La temperatura bajó levemente.

Me dí cuenta con un tenue soplo
que dejó un nudo
hueco en mi garganta.

(Estela Aguilar y su hambre de letras)

Huella

Firma huella
De un modo único, personal, reconocible,
mis ojos recorren esta procesión de hormigas
que avanza sobre lo blanco,
o la inexplicable belleza de un cuadro
arrugado en una lejana galería.

Nadie más que yo puede repetir el trayecto
que mis dedos surcan en tu rostro,
sólo mi lengua, sólo tu pecho,
pueden establecer el mismo baile
o la misma travesía que gobierna
estas dos respiraciones entrecortadas.

Cada palabra que nos decimos
sólo podemos decirla nosotros,
por muy comunes que sean el significado
y la presión que los labios de los otros
ejercen sobre el vocabulario.

Sólo tú puedes leerme como me lees,
mirarme como me miras,
rozarme sin más esfuerzo
que el de mover los labios.

Tuya es la huella que me está dejando
este tiempo de tránsito y de frontera.

No hacen falta documentos que acrediten
el picor de esta esperanza ilusa,
el ardor de las horas confusas
y el humor que me revuelve la vida.

De tu ausencia y tuya
es la firma que llevo escrita.