Supongo que también te dejarán a ti este mismo vacío, esta impaciencia por estar sin nadie mientras se nos olvida todo el calor que duele de olvidado.
El naufragio es un don afín al hombre.
Después de que sucede suelen tener las huellas esa incomodidad que tienen las mentiras, el recuerdo es un dogma, la soledad el pecho que tú me acariciaste.
Pero cambiando de conversación el tiempo -buen amigo que deforma el pasado como el amor a un cuerpo- hará que cada día no parezca un disparo, que volvamos a vernos una tarde cualquiera, en un rincón del año y sin sentir demasiada impotencia.
Será seguramente como volver a estar, como vivir de nuevo en una edad difícil o emborracharnos juntos para pasar a solas la resaca.
Igual que quemaduras debajo de los dedos, en un segundo plano seguiremos presentes y esperando ese momento exacto del náufrago en la orilla, cuando al salir del mar me escribas en la arena: «Sé que el amor existe, pero no sé dónde lo aprendí».
El cerezo está seco, lleno aún de hojas tristes y arrugadas que no terminan de caerse, como amigos que acompañan en un velatorio.
Yo estaba, sin embargo, sorprendido de cómo enciende el sol de la mañana al limonero, verde, grande, lleno de vida ácida. Su luz me pareció siempre deslumbrante, su color el de la primavera continua.
Y por entre el humo, esta mañana, ha pasado un revoloteo que se ha posado en una ramita limpia del cerezo moribundo. Con su pico rojo, su pecho amarillo y una franja verde en el cuerpecillo, un periquito estrenando libertad se ha quedado mirando el mundo desde la ruina.
¡Qué extrañezas consecutivas! La del cerezo por tener ramas habitadas, la del pájaro por no encontrar los barrotes de alguna jaula en su horizonte. Un guiño del azar o un tributo último a la belleza de la vida.
Se notaba enseguida que no estaban hechos el uno para el otro. Pero el cerezo se ha dejado querer por el pájaro, como sabiendo que los milagros sólo duran lo que uno tarda en darse cuenta de que lo son.
Yo sé que todos los días son importantes, que el calendario está lleno de trampas para la memoria, que quien sabe si otro día como hoy de alguna historia, no hubo otro pájaro hermoso posado en un árbol cansado y nervioso de tener, por una vez, tanto color sobre sus ramas.
Pero el periquito ha dicho adiós, como todos los pájaros hermosos que en el mundo han sido, ha saltado a otro árbol más joven, más decidido y más fuerte. Los pájaros, al fin y al cabo, están hechos para volar por el cielo y elegir su sitio en tierra.
Estoy seguro que el cerezo sonríe esta mañana y que guardará esta hoja del calendario en un corazón de madera como ese en el que yo guardo mis pájaros, mis fechas y todas las hojas secas que me recuerdan el brillo de aquellos ojos que una vez, un instante, las miraron muy de cerca.
LA VERTICALIDAD DEL BESO Los estudiosos dicen que nuestra mano abandonó la tierra para avistar mejor al enemigo, que mi sombra se irguió como defensa frente al diente o la garra salvaje.
Están equivocados.
La verticalidad propone el beso, invita al ensamblaje de la carne y entrega nuestras manos al abrazo.
Y ahora miro esa flor igual que la miraron los poetas barrocos, cifrando una metáfora en su destino breve: tomé la vida por un vaso que había que beber y había que llenar al mismo tiempo, guardando provisión para días oscuros; y si ese vaso fue la vida, fue la rosa mi empeño para el vaso.
Y he buscado en la sombra de esta tarde esa luz de aquel día, y en el polvo que es ahora la flor, su antiguo aroma, y en la sombra y el polvo ya no estaba la sombra de la mano que la trajo.
Y hoy veo que la dicha, y que la luz, y todas esas cosas que quisiéramos conservar en el vaso, son igual que las rosas: han sabido los días traerme algunas, pero ¿qué quedó de esas rosas en mi vida o en el fondo del vaso? (Vicente Gallego, La plata de los días, 1996)
Ha cambiado el insomnio viejo por otro nuevo. Se le desgranaba la noche como una margarita de deseos, se enredaba en rostros difusos o en versos por escribir. Se levantaba y se escurría entre las pantallas buscando hueco.
Pero el insomnio es otro ahora, uno de margaritas con un sólo pétalo, con un solo rostro nítido, con versos escritos por otros. Se queda enredado en la almohada y desiste de las pantallas, porque sabe que el hueco no está.
Una hora más y la extrañeza de levantarse idéntico, es lo que le ha traído esta noche. Aunque la luna, tapada con nubes, ni siquiera se ha enterado del vaivén de los párpados.
El pensamiento se ha levantado libre de pastillas, mucho más despejado que el cielo. Ha vuelto, por fin, la lluvia y se acaba el desierto. Se ve que él necesitaba nubes en el cielo que ahuyentaran las de su cabeza.
PROLONGADAS AUSENCIAS Prolongadas ausencias se adivinan en los brazos mojados de las sillas, cansadas de esperar bajo el agua la mañana de la resurrección, el brillo de la vida que viene con el sol.
Quién sabe qué recuerdos de café compartido, de citas clandestinas, de esperas impacientes, cuánta vida atrapada bajo cada pedazo de aluminio, cuánto tiempo perdido mientras resuelve el clima, también, nuestro futuro.