Autor: profepaco
Despertar a la nieve
DESPERTAR
Esta mañana me levanté echándote de menos. Hacía tiempo que no me ocurría así que saqué la cabeza por la ventana para ver si zambulléndola en la ciudad se me pasaba.Duró, como otras veces, lo que duran los ecos del recuerdo en mi cabeza y después volviste a desaparecer, a esconderte en ese agujero oscuro que llevo dentro en el que habitan los seres a los que no puedo decirles: te echo de menos.
Hasta que ocurrió eso, la taza de café, las noticias de la mañana y la lista de asuntos para el nuevo hoy te fueron arrancando de mi presente, cerrando una puerta que, tú, intentaste abrir aún un par de veces más, con cualquier excusa que yo no llegué a vislumbrar antes de que te fueras sin previo aviso; así que de nuevo no tuve tiempo de decirte adiós.
No obstante ha sido un placer volver a compartir un sueño contigo, no dejes de venir a verme siempre que me apetezca.
(Manmen Muñoz Dávila)
Debilidad de corazón
¿Quién habla del amor? Yo tengo frío
y quiero ser diciembre.
Me lo pregunto porque está desnuda
la historia de mi vida frente a mí,
porque el hombre es un lobo también consigo mismo
con una simetría parecida a los árboles.
Uno escribe su vida en un poema,
acepta que la vida se refugie
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
al despertar de tantas noches largas
con los ojos de sueño y la ropa sin brillo,
en una habitación que no es la suya.
Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado cercanas,
fantasmas de una noche sin verano,
andábamos despacio, de forma irregular,
con una soledad definitiva
al otro lado de las barcas.
Quizá sólo nos falte
ser algo menos jóvenes, sentir en otro tono
más distante la vida,
para pasar de largo sin que nos demos cuenta.
Quizás sólo se trata de que no estás aquí,
de que perder es duro para todos
mientras la noche avanza solitaria y perfecta.
Porque los sueños dejan
igual que los naufragios algún resto,
cuando ella cruza por mi lado siento
esa inquietud que guardan los que acaban de amarse,
esa debilidad del corazón
que confía en nosotros.
(Todos los versos son de Luís García Montero, pero no sé si el poema es mío, aunque algo muy mío tiene. Si alguien supiera aclararme esta duda, se lo agradecería mucho, muchísimo…)
De alguna manera tendré que empezar de nuevo
Me muero de ganas de decirte «Te quiero». Y sé que es imposible. No puedo, no debo… Es momento de ir yéndose poco a poco. El tiempo de las cerezas nunca llega en noviembre.
Pero sí te diré algo así como, de acuerdo, estoy aquí a tu lado para que no tengas miedo. Que yo también comparto los mismos miedos, también busco una cinta para atar el tiempo.
No me apetece escribir, hay otras formas de huir y sentir cómo soplan los vientos de desguace. Pero qué raro placer el que invade estos instantes de sentencias importantes. ¿Me escucharás, me buscarás, cuando me pierda y no señale el norte la estrella polar?
A veces me canso de mí y de no tener valor para buscarte y cometer todo delito que este amor exija. A día de hoy podría decir que perdí los tesoros de los mapas. ¡Qué no daría yo por tener tu mirada, por ser, como siempre, los dos, mientras todo cambia!
REGRESAR
Regresar es una ley para los viajeros. Extender las alas por el mundo, ver con los propios ojos lo que sólo pudo imaginarse, pisar de prisa el mismo suelo que atravesaron los siglos tan despacio. Y regresar.
Llenar el espíritu con una gota de aventura y avanzar hacia el asombro y la lejanía de mundos diferentes, que también están en este. Conocer otros paisajes es necesario para aprender a reconocer los cotidianos y darles su valor preciso cuando se regrese.
Poner en duda lo indudable de las rutinas y convencerse de que la vida es una, y que no depende del escenario. Sentirse extraño siendo uno mismo cuando no se ven más rostros familiares que los que devuelve el espejo del inhóspito cuarto de un hotel al que, quién podía imaginarlo siquiera, uno vuelve por las noches confundiéndolo con un hogar.
Y después regresar. Regresar para no contar a los amigos más que lo imprescindible y descubrir, de nuevo, que no hacía falta irse para saber que son lo único que echaríamos de menos. Para caer en la cuenta, una vez más, que nos ha sobrado todo lo que no cupo en la maleta; para ser conscientes de que todo lo importante, corazón y pensamiento, siempre, siempre, hay que llevarlo puesto.
Querer regresar es la primera ley de los viajeros. Y si yo la incumpliera me tendría que responder, en el juicio inapelable del espejo, de qué demonios estoy huyendo… o de quién.
El caso es que he vuelto, con mis ojos de arena perdidos en un sueño mágico. Pero en él encuentro que, del mar, ya sólo me queda, tal vez, un silencioso estado de ánimo.
Lo que queda por decir
Lo que queda por decir es tanto o tan poco, tan importante o tan leve, tan cierto o tan falso como lo dicho. Y muy posiblemente, para quien tenga suficiente memoria, lo que queda por decir ya estaba dicho.
En esto se diferencia la literatura de la vida, en el final. La vida no tiene otro desenlace que la Gran Certeza, sólo consiste en su propia trama que transcurre por vericuetos difíciles y encrucijadas sorprendentes. No hay que decidir un final, porque ya se sabe; no se escoge el momento, sino que te atropella, siempre antes de lo que esperabas.
Pero un blog necesita algún párrafo redondo, una rima, un mensaje que quede resonando en el silicio y que ofrezca un final más digno que su principio.
El momento de terminar siempre es artificial y caprichoso. No es que no queden palabras que decir, sino que se aprende que no es el tiempo de decirlas, que repetirse es el peor de los pecados, que las miserias enaltecidas a supuesta literatura, como las caricias, acaban cansando.
A veces, se toma como excusa una cierta clase de compasión por las rimas que no llegaron a ninguna parte, o un extraño modo de la tristeza de haber llovido sobre mojado, o una especie de melancolía que incita a ponerse a cubierto de la intemperie.
Otras veces es la envidia la que pone sobre la mesa la necesidad de una huida hacia quién sabe dónde, o la precaución de no dejar un rastro visible en la nieve de los tiempos, o la incapacidad que un ser humano tiene para mejorar la criatura imaginaria que ha tenido entre las manos.
Lo más frecuente es que los finales los dicte el miedo. Un miedo inespecífico, pero palpable, atroz, a entrar en el lado oscuro de la fuerza y a perderse haciendo malabares livianos con palabras que pesan mucho.
Enfrentarse al final consiste, tan sencillo y tan difícil, en desmenuzar palabras interminables (gracias, adiós, suerte) en alguna clase de polvo minúsculo, verterlas en una cuchara de renglones rectos y añadirle azúcar para poderse tomar la medicina sin que el bálsamo quede amargo.
Lo que queda por decir es Gracias, un gracias infinito que se quede a modo de colgante. Lo que queda por decir es Suerte, una suerte que nos ayude a emprender deprisa todos los caminos que tenemos pendientes. Lo que queda por decir es Adiós; un adiós que no tenga nada que ver con el olvido.
Lo que queda que decir está envuelto en el deseo de que estas palabras que decirte al oído sirvan de talismán contra las noches de tormenta (somewhere only we know) y que no se conviertan en anécdotas que guardar para los postres.
Lo que queda por decir es Gracias, Adiós y Suerte. Tendría que decirlo muchas veces, por si con una no basta. Tendría que escribirlo con letras muy grandes que trascendieran el papel y pudieran leerse desde todas partes.
Y quizás tendría que acabar… Sí… Me temo que también, porque para quien tiene buena memoria todo es repetido, sería necesario terminar mirando a los ojos de este blog, cogiéndole con dulzura la cara y garrapateando con rabia un triste y desolado «me cago en la puta».
Pero prefiero terminar diciendo que me encantó soñar contigo. Me encantó…
Así sea
El día queda atrás,
apenas consumido y ya inútil.Comienza la gran luz,
todas las puertas ceden ante un hombre
dormido,
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.El tiempo,
la gran puerta entreabierta,
el astro que ciega.No es con los ojos que se ve nacer
esa gota de luz que será,
que fue un día.Canta abeja, sin prisa,
recorre el laberinto iluminado,
de fiesta.Respira y canta.
Donde todo se termina abre las alas.
Eres el sol,
el aguijón del alba,
el mar que besa las montañas,
la claridad total,
el sueño.(Blanca Varela)
Lo ya dicho (y IV)
O paso al salón y mientras le empujo a la puerta dejando resbalar la mano, me parece notar como si la dulzura de un vientre me acariciara los dedos. Y entonces me da calor y me da frío, y tengo que echar otro leño al fuego o salirme al patio a considerar el cielo estrellado como un techo infinito.
Porque estoy cansado de prepararme, roto de tanta víspera, áspero de tanto sueño, triste de tanto tácito, derrotado de tanto futuro y de tanto pasado, vencido de esperar el deterioro.
Por si ya está en camino el autobús que tiene que atropellarnos, que nos pille cruzando la vida hacia quienes queremos ir.
Pero este momento, cuando la miro y veo lo preciosa que es, cuando sus brazos me envuelven y la noche tiene el tacto de una piel desnuda y el tiempo pesa lo que una cabeza sobre mi hombro, puedo jurar que estoy vivo, que me siento infinito, que no soy la anécdota que se cuenta en una noche de parque bajo las estrellas.
Pero he dejado de creer en Serrat a pie juntillas y, aunque me sigue pareciendo fantástico que pudieras ser tal y como yo te he imaginado, estoy convencido de que lo verdaderamente deseo es que seas como quieras ser, que me quieras como quieras quererme y que me entiendas como quieras entenderme.
Y si no pudiera ser así, que la vida siga, lentamente, más allá, nadie sabe…
Cuando sea mayor, yo no quiero ser Harrison Ford, porque lo que quiero es no ser mayor, seguir siendo adolescente o tener dos edades diferentes, que se lleven las dos fatal y te produzcan un efecto Serrat. Para que así, y así que pasen los años, dondequiera que estés, te acuerdes de mí al leerme. Y te parezca que todo está escrito para ti, incluso sin conocerme.
Atrapados en esta imprecisión de los fines y de los medios, perdidos en la traducción de sentimientos en acciones, sucede que dices «vete» queriendo decir «no te vayas», que te sale por la boca «luego» cuando tu corazón está gritando «ahora».
Ella ha dicho que no, que no quiere nada conmigo. Es la hora de la siesta, cuando salgo de casa no sé si viviré para volver.
Supongo que el amor es un modo, el mejor modo, de estropearlo todo y, al mismo tiempo, de darse cuenta de que no ser perfecto no significa estar roto.
Lo que no empiezo a pensar, sino que hace ya mucho que entendí, es que la memoria volverá a protegerme decorándome las paredes con olvido Feng Sui, insertando en mis estantes algunas frases cohellistas y llenando mi facebook de «likes» a favor de los leones y en contra de los desahucios.
No puede ser que no sea nada, Mr. Williams, otra historia más de homosexuales, otro capítulo de la amargura, otro episodio de la casualidad, otro espectáculo del rencor y del deterioro. No puede ser que no sea nada.
Uno nunca sabe dónde está. Y siempre sobrecoge creerse dentro y averiguar que se está fuera, completamente fuera, tan lejos… que ni siquiera es necesario irse: basta con colgar el teléfono.
Quizás la cura sea engañarnos -no pongas esa cara, que es algo que está a la orden del día-. Engañarnos o, mejor dicho, seguirnos engañando, mutua y alternativamente, y aceptar que siempre nos falta algo. Hasta cuando nos amemos de memoria.
Poder fingir que es amor este acostumbramiento, jurar que es vida este caminar en círculos, encubrir dos soledades dentro de un nosotros. Y volver a hacer el ridículo sin saberlo.
Bueno, más que con un adiós, quiero decir con un olvido.
Lo que tienen los demás siempre es mejor que lo que nosotros hemos aprendido a despreciar.
Y confesar que, en ambos, literatura, amor y vida, aunque parezca que sé lo que tendría que hacer, raramente encuentro el cómo, suelo equivocarme con el cuándo y delante de cada papel vacío con el que me enfento, me muero de vértigo y se me caen al suelo las palabras que me rondan los labios.
Las venticuatro razones son mentira y, al saberlo, se hace aún más difícil decidir si sufrimos por dar el paso o por no darlo. Y sólo queda abandonarse al deseo que, aunque también es mentira, es un poco más verdad que lo demás.