Si hubo un inicio también habrá una última vez.
Pero hay corazones que nunca se entrelazan en línea recta, sino que dan vueltas aproximándose al final a la increíble velocidad de veinticuatro horas al día, al inesperado ritmo de varios meses por noche.
Mantengamos la imagen del viaje en la retina, confabulemos contra el olvido y la infelicidad, engañemos a los nervios antes de la debacle para poder regalarnos todo lo aprendido antes de que llegue el final.
Pero hay corazones que nunca se entrelazan en línea recta, sino que vuelan -no sé si libres- recorriendo laberintos de escombro que acumulan al andar.
Tal vez así sigamos siendo eternos cuando todo lo que mereció la pena se nos escurra de los dedos y resbale hasta la desmemoria con un baile titubeante, con el borrador mal escrito de la que fue nuestra canción.
Pero hay corazones que nunca se entrelazan en línea recta, aunque siempre, todo lo que se separa muere recorriendo una espiral despiadada que duele dudando quién se equivocó más.
Si hubo un inicio habrá una última vez, una última vez que siempre nos llegará por sorpresa.