Hasta volver

Qué difícil encontrar las palabras cuando uno es su propio enemigo y la memoria de las teclas es un monstruo que acecha por detrás de cada pensamiento.

Confieso que es el miedo lo que me impide asomarme al precipicio, que es el miedo lo que me paraliza las piernas y me las deja sin fuerzas, que es el miedo el que atranca los bolígrafos y los teclados.

Miedo a tropezar en la misma piedra, con la misma piedra, por la misma piedra. Miedo a derretirme sobre el asfalto del camino que lleva hacia tu casa. Miedo a volver a contar como acierto la huida ante el dolor.

Pensaba que volver a verte sería un paso terrible, un dolor agudo, un ruido estridente. Y tenía razón. Porque siempre, siempre, siempre se torna doloroso el rincón que me grita continuamente que puedes volver.

Porque nunca, nunca, nunca nada vuelve, nadie vuelve. Aprendámoslo juntos, Jesús, aprendámoslo de una puta vez. Hay que metérselo en el corazón y en la mollera, en estos tiempos atroces mucho más de sombras que de luz.

Porque nunca, nunca, nunca… nunca vuelve nada. Nunca vuelve nada, excepto los mismos errores que cometemos una y otra vez.

Hasta volver (Triana, Sombra y luz, 1979)