Mariposas de tinta

MARIPOSAS DE TINTA

Todo poema es tiempo y ulcera
los minutos de su existencia
con una taimada secreción de palabras
medidas y desmedidas.

Discurre por los granos de arena
de un reloj atrapado en el papel,
que quedan esparcidos
por el camino de vuelta,
intentando ocultarlo. Imposible mirar
al verso anterior y calibrar
el gozo o la ruina con la que fue
desentrañado
de un vocabulario infectado
por la memoria.

En cada escalón que se baja
por el poema hacia el infierno,
más difícil es
conservar ese equilibrio imposible
entre lo que se dice y lo que se quiere decir,
entre lo que se lee
y lo que se quiere leer,
entre lo que se vive y lo que se quiere
vivir.

Y cuando llega al final
todo poema,
algo, no sé, una ceniza,
un golpe de viento,
un leve temblor en el silencio…
otra mariposa de tinta
que muere inútilmente,
solo para intentar
a duras penas
resistir la catarata del olvido.


HUECOGRABADO

igual que no es ningún genio quien sospecha
que la lentitud venenosa de un otoño
tiene por testigo final a cualquier calle
la tinta de este papel también es la tinta última
y en la improbable forma con que consiga
abrazarme a su mentira jamás podrá
ser más cierta la vida. Pues no
porque se repitan hasta la fatiga
dejo de saber que mis poemas no son más
que los retratos de unos penúltimos suicidios,
el puño que si se abre todas las llagas
de la sombra tiene y también el corazón que suspira
por la sigilosa huida que se transfigura en las ventanas.
Que juntos quizá forman un instante solo y tenso
en lo rojo o en la noche, un pobre tiempo fiero
en el que el corazón aprieta y muerde para que después
la vida se descanse y con igual tristeza
retome mi cintura; instantes de derrotas
y de muros, desangelados arañazos o torpes ensayos
que con insistente timidez anuncian despedidas
estos mis ocres versos en silencio sabedores
de que si de la noche salgo no estoy
en ningún sitio.

(Santiago Montobbio)

Nocturno (poema de Rafael Alberti, 1969) Canta Paco Ibáñez.

El dilema de las patatas fritas

Tal vez oído en la mesa de al lado de un bar, o discutido contra una madre dietista de las que todos tenemos; quizá escuchado como angustia en confesiones diminutas, o en discusiones superficiales mientras el camino del colesterol hace de escenario, tengo que reconocer que me tiene obsesionado el dilema de las patatas fritas.

No hago más que darle vueltas al tubérculo en el coco -que, por cierto, tiene que ser una combinación culinaria interesante- y no consigo encontrar el punto intermedio, ese en el que hay quienes dicen que está la virtud o la solución.

Porque me gustan a rabiar las patatas fritas: a lo pobre -el anacrónico título con el que mis padres me las presentaron hace ya medio siglo-, con su punto crujiente y sus pimientos y sus huevos fritos, pomposamente llamados ahora «rotos». Y, armado con un cantico de pan, entrar a la suave batalla de mover el bigote y evitar manchas.

Pero claro, como nada es gratis en este mundo, resulta que engordan, que engordan muchísimo, tanto que, los delgados que saben de esto, ponen el grito en el cielo y nos aconsejan vehementemente un «vade retro» a todo satanás que venga disfrazado de fritanga.

Entonces debería ser fácil. Todos están de acuerdo en lo que nos conviene… adiós a las patatas fritas. Porque si no, habrá que despedirse de la cintura, que parece ser lo opuesto, y volver a preocuparse por analíticas diversas, deterioros imparables y pastillas contra la baja autoestima.

Abstenerse de lo que nos gusta y sufrir por el deseo, o disfrutar primero y sufrir los daños colaterales más adelante, en el consultorio, a la hora del sexo, delante del espejo. Sufrir por haber disfrutado o disfrutar ignorando lo que sabemos que se sufrirá.

De la decepción del espejo, desde el terror al momento playa, a la tristeza de la piña y su alegría de dos tallas menos; del orgasmo que después pasa factura, a la abstinencia que dispara la ansiedad; del aroma aquel con el que la felicidad nos abrazaba durante un ratito, al silencio largo de los meses sin que la piel se nos erice.

De consumir como sentido de la vida, a consumirse buscándolo con ceniza en los labios. De la mentira cotidiana del plato bien presentado, a la gran verdad universal de la báscula: en ese trayecto, recorriéndolo alocadamente desde una punta a la otra y viceversa, van transcurriendo mis meses, mis años, mis décadas.

Yo no creo en los puntos medios, porque el control es la más perversa de las medicinas y el más cruel de los venenos. Porque el control me ha hecho tan impropio como soy, porque ya salí del invernadero y de su temperatura suave, porque dos por dos dejan de ser cuatro si transcurre el tiempo suficiente… nunca consigo resolver correctamente mi dilema de las patatas fritas.

Pero se acerca la hora de la cena, como todas las noches. Y como todas las noches, sé lo que quiero exactamente, como exactamente sé lo que me conviene. Como sé, exactamente, que sólo coinciden muy, pero que muy inexactamente… O nunca.

Y como todas las noches, con coherencia o sin ella, sólo o con leche, triste o alegre, toca elegir quién, cómo, dónde, cuándo… e incluso por qué.

La soledad III
¿Vendrá?
Puede que venga.

Lo dice en esta carta que aquí llevo.

Se está yendo el verano… Y llueve. Las patatas…
¡cuántas ya se han podrido!
Los tomates se hincharon de tal modo
que rodaron por tierra, derramándose.

La fruta se acabó. Nunca los pájaros
comieron más duraznos y ciruelas.

Las acelgas… ¡Qué viejas y amarillas
están ya! ¡Qué buen tonto
sería si plantara de nuevo más lechugas!
Las gallinas cloquean por los muertos sembrados.

La lluvia ha enverdecido el banco de la casa.

La cocina está negra de hollín… Miro las sillas…
Una está sin usar… la otra ya tiene
partido un palo… El suelo
cruje sucio de tierra.

En un rincón, la escoba se aburre. Hace ya un mes
que no lavo las sábanas… Tan sólo,
enganchada de un clavo del muro de la alcoba,
sigue la nueva colcha de los pájaros.

Llega el otoño ya.

Mi mujer no ha venido. Yo no la conocía…
No la conocí nunca.

Era joven. Lo sé.

Unos veintidós años…
Aquí tengo su carta…
Yo he cumplido sesenta…
El polvo… El calor… Tal vez tantos kilómetros…
¡Vaya usted a saber!
(Rafael Alberti)