Sanfermines varios (y III)

Sudor

El rey Sol, tan absoluto, comienza su hegemonía sobre la paz del verano. El cielo sometido aparece de un azul tan claro como seco, impotente y desarmado contra el látigo inmisericorde de sus propios rayos.

Todas las criaturas se esconden y buscan la sombra, el amparo de los árboles, la frescura de la esquina en la que convergen las pocas brisas que aún sobreviven al calendario.

El mundo se vuelve amarillo y resopla con la boca abierta para ahuyentar este calor de infierno que no puede detener ninguna puerta. Y se sueña con el mar cuando sólo se llega a bañera, o con un glaciar cuando las cosas no dan para más que sujetar en la mano un refresco de la heladera.

Entonces llegan las horas quedas, el entreacto del mediodía, cuando se para la vida y apetece una siesta. Nos subimos a hurtadillas al tornado del ventilador para que sea ahora tu calor el origen del sudor que me escurre por las costillas.

Para entrar en tu propio cielo ardiente, quedarme encendido y mojado, surtido y derramado, libremente encerrado entre tus dos sonrisas diferentes y perpendiculares.

Y aunque odio los veranos circulares y el calor de este sol, me gusta cuando pasa quemando nubes, mientras pasa la vida, mientras pasamos al amor, pidiendo que te queme yo, deseando que tú me sudes.

(Agosto 2008)

Sanfermines varios (II)

Con tanto calor

Con tanto calor cuesta arrastrar las maletas. Se hace pesado viajar cuando el sol cae como plomo por detrás de los cristales y te aflije la carne sujeta a los cinturones.

Cuesta respirar, abrir la boca para que el aire del polen te ensanche los pulmones, para que el humo de la soledad te abrase la garganta. Cuesta también soltar el aire ya tragado, despegar los ojos de los párpados a las horas convenidas por la agenda.

Por este calor no circula bien el pensamiento, no se dejan derribar las barreras que se levantaron durante tanto invierno, las manos no resbalan bien sobre una piel reseca de tristeza o sudorosa tras el esfuerzo de comerse los centímetros necesarios.

Cuesta dormir, es difícil conciliar un sueño que tarda en cumplirse, no se puede apaciguar la sangre atormentada por la barbarie de las sábanas. Dar vueltas implorando la misericordia de las ventanas, la bendición de los ventiladores, la paz del vaso de agua, la fantasía de una mano incandescente, la tibia longitud de una lengua que derrita el tiempo en témpura de besos.

Con este calor, la cabeza no para de girar en el horno del deseo, el corazón sufre ataques del asma de las discusiones, la piel suda, gotea y se empapa de tanto no encontrar otra con la que rozarse. Y cuesta levantarse de uno mismo hacia las tareas cotidianas, y cuesta escribir la parte del insomnio que se agranda, y cuesta mantenerse intacto viendo resbalar el mismo viejo sudor por la piel compañera.

Hace mucho calor, tanto calor que hasta cuesta escribir y conciliar el insomnio. Demasiado calor para estar solo, demasiado calor para estar juntos, demasiado calor para estar revueltos. Hace demasiado calor para estar dormidos y demasiado calor para estar despiertos.

Demasiado calor para soñar.

Fue la tarde anterior a la tormenta,
con truenos en el cielo.

Tú apareciste en el jardín, secreta,
vestida de otro tiempo,
con una extravagante manera de quererme,
jugando a ser el viento de un armario,
la luz en seda negra
y medias de cristal,
tan abrazadas
a tus muslos con fuerza,
con esa oscura fuerza que tuvieron
sus dueños en la vida.

Bajo el color confuso de las flores salvajes,
inesperadamente me ofrecías
tu memoria de labios entreabiertos,
unas ropas difíciles, y el rayo
apenas vislumbrado de la carne,
como fuego lunático,
como llama de almendro donde puse
la mano sin dudarlo.

Por el jardín, el ruido de los últimos pájaros,
de las primeras gotas en los árboles.

Aquel temblor del muslo
y el diminuto encaje, de vello traspasado,
su resistencia elástica
vencida con el paso de los años,
vuelven a ser verdad, oleaje en el tacto,
arena humedecida entre las manos,
cuando otra vez, aquí, de pensamiento,
me abandono en la dura solución de tus ingles
y dejo de escribir
para llamarte.

(Luís García Montero)

Sanfermines varios (I)

La impertinencia de las hojas secas

Amanecen en el patio, secas, reposando después de un vuelo breve, casi un baile con el viento.

Entonces, armado de escoba y en armonía con la pendiente, las barro lentamente, dejo que jueguen un poco antes de meterlas en el recogedor.

Otras, las más, otras que cayeron a la tierra huyendo de la escoba, se dejan seducir por el rastrillo y se acercan a mis pies tímidamente.

Con las manos, las reúno en puñados que crujen -si no fuese porque me creerías loco, diría que crujen con la risa de las cosquillas- y las obligo a compartir el mismo olvido que a las otras.

Se suda, por el calor y porque yo sudo con poco, y después de la tarea apetece subir a lo alto de la escalera y encender un cigarro. El humo hace garabatos en el pensamiento y sabe a gloria ese escalofrío de la brisa que se levanta como queriendo llevarse las gotas de sudor.

Todo límpio, tranquilo, fresco el cuerpo a la sombra, quizás felicidad. Y vuelvo el rostro a contemplar la obra realizada y…

-Pero… ¿de dónde han salido otra vez las hojas? ¡Si acabo de barrer!

Nuevamente, hojas secas desparramadas por el patio, como notas de un pentagrama. Y como un Sísifo moderno, con un enfado de juguete que se va convirtiendo en ternura, vuelvo a retomar la misma tarea que acababa de terminar.

En el fondo, me conmueve la impertinencia de las hojas secas. Parecen recordatorios de la naturaleza que se posan en la conciencia del suelo. Porque son como las ausencias, como el desencanto, como la soledad.

No hay manera de quitarlas del todo.

Y de la isla ignorada de un corazón vino a mí no sé qué súbito aliento cálido de primavera…

Como la hoja de una flor, traída y llevada por la brisa, un ala rápida me rozó un instante y se perdió al punto…

Fue en mi corazón como un suspiro de su cuerpo, como un susurro de su corazón.

(Rabindranath Tagore, El jardinero)

El lado bueno de las cosas

A veces, te dejas la cartera en la casa, y vuelves, y está sonando una canción.

Nadie entiende lo que pasa en tu cabeza, ni siquiera tu otro yo cuando coincide contigo en ser carne de siquiatra, que es como prepararse para un mundo lleno de canciones en el que sólo suena una.

Y, como no puedes quitartela de la cabeza, aceptas bailar otra, y un ciego que guía a otro por el laberinto, y tu padre que se lo apuesta todo y los Eagles que son mi pasión.

Entonces llega la buena o mala suerte, que en eso consiste ser bipolares, y la chica es guapa pero está más loca que tú y todo parece normal cuando aparece la policía y tienes que escribir una carta interminable.

Ella tira los platos y tú las zapatillas, tu amigo te sugiere algunos pasos y nadie habla hasta que no hay más remedio que deshacer un entuerto en mitad de la calle mientras ella huye entristecida y tú susurras en otro oído y la apuesta no estaba en el dinero sino en cuándo hay que deslindarse del pasado y encontrarse de nuevo con tu otro yo (y quizá con alguien más y su otro yo correspondiente) y dejar de escuchar aquella canción que sonaba siempre.

Y todo se resuelve sin resolverse, olvidando que, otras veces, te dejas la cartera en la casa, y vuelves, y no suena ninguna canción y sigue sin haber nadie.

Amor
La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir «te amo», en serio,
al contrincante.

Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.
(Eduardo Lizalde)

Tenemos que hablar

En la escena del sofá, siempre hay un conflicto triste que resolver. Tienen razón al sentir que cuando no hay más remedio que hablar, es que hay un desgracia llamando a la puerta.

Para hablar hace falta pensar, para pensar en orden, es conveniente escribir. Por eso escribir, a veces, se convierte en un ejercicio triste, que viene de un pensamiento triste, que va hacia una triste conversación.

Tenemos que hablar es un anticipo del desastre… pero también de la solución. Especialmente, cuando ese esfuerzo, puede que a regañadientes, puede que interesado, esconde, no sé si amor, pero, al menos, la imperiosa necesidad de no tener el papel de verdugo en la película.

Y de ahí la trama, y el vodevil, y el enredo. De ahí que las mentiras piadosas parezcan rodeos para no asomarse a un abismo que a todos les da vértigo. Aunque las peores mentiras piadosas son las que nos perpetramos a nosotros mismos haciéndonos creer que el otro ha intentado suicidarse.

Es posible que el odio esconda el amor, que el olvido esconda el afecto, que el miedo esconda la imperiosa necesidad de ser inocentes. Y que, al final, se descubra que todas las verdades del tenemos que hablar, eran mentiras tan piadosas como la casa en el lago.

Aunque a los guapos, a las guapas, todo se les perdona, incluso los finales a la carrera y las noches de San Juan que dejan platos rotos a la sombra de las hogueras. Aunque, eso sí, de la vajilla argentina esa que nos importa poco.

Pero a los guapos, todo se les perdona: si Tony o Gracita, o José Luís, o Manuel, o tantos otros, pudieran todavía comer palomitas, estarían de acuerdo conmigo en que, a los guapos, a las guapas, todo se les perdona. Con una leve sonrisa de haber adivinado el final de la comedia, con una pequeña lágrima de reconocer que el final de cada comedia es el principio de un drama.

Tenemos que hablar es una frase que cada día pronuncian miles de pares de labios mientras sus pasos vacilan ligeramente hacia un sofá, una mesa de bar, un banco del parque o una sala de espera de una clínica. Tenemos que hablar porque el conflicto es parte de la vida, porque las palabras sólo nos hieren después de habernos curado, porque las preguntas que orbitan el corazón no se crean ni se destruyen, sólo se transforman.

Y no sé si significará lo mismo para todos que mil pares de dedos índice tecleen lentamente un tenemos que escribir, y luego hagan clic en publicar.

Esto
Dicen que pretendo o miento
En cuanto escribo. No hay tal cosa.

Simplemente
Siento imaginando.

No uso las cuerdas del corazón.

Todo cuanto sueño o pierdo,
Que pronto cae o muere en mí,
Es como una terraza que mira
Hacia otra cosa más allá.

Esa cosa me arrastra.

Y así escribo en medio
De las cosas no junto a mis pies,
Libre de mi propia confusión,
preocupado por cuanto no es.

Sentir? Dejemos al lector sentir!
(Fernando Pessoa, 1933, Versión de Rafael Díaz Borbón)

Actos íntimos en el parque

Actos íntimos en el parque

Mientras yo le bordeaba los costados, la noche tenía ya encendidas las luces del parque. Iba enfundado en lo oscuro de la chaqueta y escondido tras la barba a medio afeitar, mirando a todas partes, pisando en cualquier sitio, buscando una hora y no un lugar.

No me vieron desde el coche rojo que había aparcado, allí, justo delante. Yo tampoco quise mirar cuando vi a los ocupantes aproximarse hacia un abrazo y juntar los labios. Los besos y los abrazos son actos íntimos, aunque se realicen en público o con publicidad.

Un recodo más allá, sobre el segundo banco de la derecha, según se mira hacia el ciprés solitario que se aburre entre tanto boje, dos chicas consolaban con media voz y gesto aterido a una tercera que lloraba. No quise mirar cuando suspiró con fuerza para poder así renovar el alivio de los pulmones. El llanto es un acto íntimo, aunque se prefiera el consuelo de hacerlo entre amigos.

Me crucé con el joven sin darme cuenta, sin previo aviso. Quizás salió de un coche recién llegado. Yo iba mirando a la chica delgada y con pelo largo que salía del portal con el móvil abierto, asintiendo con la cabeza y apretando el paso, como si huyera, hasta perderse detrás de una esquina.

El joven tampoco me vio, porque no estaba mirando. Tenía la vista perdida en un punto infinito de la calle, como si le hubiese prestado el alma al interlocutor que se adivinaba en su mano inmóvil sobre el oído. No quise mirar cuando esbozó una sonrisa y se detuvo para envolverse en su propia sombra, un poco más allá de la farola de luz desvaída. La sonrisa es un acto íntimo, aunque se ejecute en público y sean otros quienes la provocan. Y también la huída.

Sé perfectamente que nadie me vio, que no quisieron mirar cuando vacilaron mis pasos dirigiéndome lentamente hacia ninguna parte. Porque la vida es un acto íntimo, aunque suceda en la noche de un parque desconocido y ante los ojos atónitos o distraídos de los demás.

Pero escribir es un acto público, por más que se le procure un entorno solitario y se realice en la más estricta intimidad. Y llegados a este renglón públicamente juntos, aunque quisieras, no podrías negar que has querido mirarme más adentro. Ni yo tampoco podría decir que eso no me reconforta.

(La vida es insomnio, 27-julio-2012)

POÉTICA
Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.

Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)