Esto no es una cita (y II)

A veces tiene gestos, palabras… no sé… es como si la sangre se me llenara de burbujas que me subieran muy deprisa por las piernas hasta el pecho y flotara a cinco centímetros del suelo… ¡Je! ¿Os hace gracia? Sí, estoy «pillaico», me temo. Me dice, como si no supiera lo que está diciendo, que «la vida no tiene sentido si no te la cuento» o «hablar contigo es como estar en casa»… O la sorprendo mirándome de reojo cuando yo intento hacer lo mismo…

Pero otras veces, me cuenta los tantos que le tiran los tejos, o, hablando sobre algún tema, deja caer, por ejemplo, que si se echara un novio, no consentiría ser amiga suya, que ella distingue muy bien una cosa de la otra… Y entonces, el corazón se me encoge un poquito, y las burbujas que antes subían, ahora caen rellenas de plomo y me cuesta mover los pies del suelo.

No estoy cómodo, pero es una incomodidad que intento disfrutar… A ver si lo explico… Me siento vivo, más vivo que nunca, porque este ir y venir de la noria me mantiene despierto, atento al hoy, al mañana… Es que no se puede vivir sin soñar… por lo menos, yo no lo concibo. Por otra parte, llegan los días malos y entonces lo veo todo oscuro y me da vueltas en la cabeza mandarla a freír espárragos y empezar a buscar por otra parte… Pero, al cabo de un rato, o de una noche de insomnio, me doy cuenta de que no quiero buscar en otro lado lo que ya he encontrado en éste… Y me conformo, me miento y me doy las mismas largas que ella me da…

Del mismo modo que veo entusiasmos y me dice muy resuelta que llevamos mucho tiempo sin vernos, que habrá que hacer algo… también veo desganas. No sé si es que son más las unas que los otros, o simplemente que se ven más oscuras y destacan sobre el fondo de los días. Cuando sus amigos le proponen algo y ella me lo cuenta… joder, siempre les guarda hueco, deja de estar cansada o se traga el bajón o el dolor de cabeza, y nunca les falla… O quizás no sea desgana, sino una extrema precaución conmigo y por eso me deja para lo último… Así me lo acabo tomando para no pudrirme.

¿Tendría que hacer algo más? A veces me lo pregunto, claro, pero no lo veo… ¡Ah! Sí, sí, dices que a lo mejor puede aparecer otro que empuje más y que… Es verdad, es más fácil dejar a quien no te pone impedimentos, más fácil abandonar a quien no te aprieta… Lo sé… lo pienso de vez en cuando… Ya, sé lo que quieres decir…

Pero… lo he meditado mucho… yo no quiero lástimas, ni miedos, ni promesas de obligado cumplimiento, ni réditos que cobrar por los servicios prestados… Lo que quiero es que me elija, que nos elijamos, lo merezcamos o no… Si llega otro… bueno… pues será que tenía que ser así, que era lo que tenía que pasar, que, si lo que siente por mí no le es suficiente, lo mejor es saberlo cuanto antes… También un topicazo, pero… ya te digo… no podemos elegir nuestros fracasos, nos sobrevienen… pero… lo que sí podemos elegir siempre es un consuelo al que agarrarnos…

Lo que pasa es que todo cansa… La tensión sexual no resuelta está bien una temporada, pero si no se resuelve, se disuelve y se pasa… Y me daría mucha rabia estar tan a punto… a punto de nada… aunque es verdad que es una nada que me rellena de todo el transcurso de los días.

¡Pues claro que me adorno! Soy tan mezquino como cualquiera, tan egoísta como todos… Lo que pasa es que no distingo entre realidad, ficción y deseo… son la misma moneda vista desde diferente ángulo, inmersos en diferentes emociones, a veces, contradictorias… No le tengo especial apego a más verdad que la del sentimiento… Si es que esa es verdad… Yo, ni nadie, puede saber cómo se sentirá mañana cuando el día amanezca inocentemente y la vida se nos enrede en los pies… Ya lo sabré en su momento…

Por eso me pongo plazos, ciertos plazos que nunca son estrictos, porque solo me sirven para apaciguar la impaciencia y hacer trocitos el paso del tiempo para poderlo digerir mejor. Así tengo pensado que, como todo empezó en marzo, será el siguiente marzo en el que tocará decidir si quiero que esto sea una cita… o tendré que ir convenciéndome de que no.

Pero… tantas vueltas, tantas cosas pasan y dejan de pasar… Nadie sabe cuando terminan los plazos hasta que no te llegan los recargos por apremio. Y entonces resulta que te percatas de que ya no hay nada que decidir… que ya se decidió y que casi ni te diste cuenta…

Esto no es una cita (I)

Pues sería por marzo, por la cosa de los cumpleaños… ¿sabéis que sólo nos llevamos diez días?… Una casualidad… Bueno, pues que si nos felicitamos, que si te tengo que invitar a una cerveza, que si yo también… El caso es que coincidió que fuimos al cine un par de veces, vamos, os acordaréis, porque lo vísteis…

A mi me gusta, no puedo… ni quiero… negarlo. Me siento bien con ella, es divertida, guapa, elegante… Me pareció tierna también en aquel momento aunque ahora quizás no tanto. Y estoy convencido de que ella también está a gusto conmigo por… bueno, no sé, no es nada objetivo, es una sensación, quizás un espejismo mío.

Y comenzamos a contactar, un wasa con foto de la sobrina, que si mira el toldo que estoy poniendo, en la tele están echando tal programa que sé que te gusta, que tenemos que ir al cine tal a ver aquella película que te dije… No sé, supongo que lo normal.

Llamadas también, cada vez más… Un par de veces por semana, luego tres, cinco… Hasta que empezamos a hablar todos los días… Me encanta hablar con ella de todo, aunque no esté de acuerdo en casi nada, pero me gusta… Me gusta cuando se ríe, porque tiene carcajadas fosforescentes, me gusta cuando habla bajito por teléfono, como si no quisiera despertar a la de la centralita… es difícil explicar por qué, pero lo cierto es que su conversación tiene algo de lluvia de verano, parecen dispersas las gotas que notas que te mojan, pero al rato estás húmedo, fresco y el aire huele a gloria… Tiene una manera de hablar que te envuelve y te engancha…

Total, que un día que ella me acercaba de vuelta hasta mi coche aparcado en las afueras, le dije que me gustaba, que creía que yo a ella también, que quería tener algo con ella, algo profundo, algo más que una amistad de cerveza y carcajadas… 

Hay cosas peores que un no y, al mismo tiempo, mejores que un sí… Es difícil de explicar… Quiero decir que me dijo que no estaba preparada, que había salido muy quemada de su separación y que no quería meterse en otra y correr el riesgo de decepcionarse otra vez tan pronto… Que quería terminar de resolver los flecos con su ex sin tener a nadie de por medio… Que quería aprender a estar sola y a andar sin muletas…

Pero que sí, que yo le gustaba, que se sentía muy bien conmigo, que no me lo tomara a mal y que tuviera paciencia… Que no hiciera lo fácil y me alejara despechado, que no era un no, sino un espérame un poco… Que lo que necesitaba no era pasión, sino alguien que la entendiera y la dejara ir a su ritmo… Un poco tópico todo, pero es que hay cosas que es difícil decir con delicadeza sin andar de puntillas por lugares comunes…

Bueno, y eso hago, estar… estar, sencillamente… Seguimos hablando, seguimos compartiendo algún que otro evento… Pero siempre con gente… con mi gente, no con la suya… supongo que eso le da reparo porque es como dar pie y no poder salir indemne…

Sí, sí… he quedado con ella, pero esto no es una cita… Es como un abrazo de medio lado, como un beso en la mejilla, como ponerse la mano en el hombro… No, no estoy saliendo con ella… Pero déjame que me consuele añadiendo: «todavía»…

Psicoanalizar lo escrito

Nadie es completamente libre, nunca. Lo entiendo, lo comparto, incluso, me parece lógico y sensato. La libertad es una falta de conciencia, un derroche de ingenuidad, que necesitamos tanto como el aire.

Lo contrario no es sentirse esclavo, sino vigilado. Si hay que meditar cada palabra que se escribe en función del efecto impredecible que puede causar, la tinta se seca, se resquebraja dentro del bolígrafo, y cuando por fin se posa sobre el papel inmaculado, no quiere salir.

Si cada sueño requiere una explicación, mejor no soñar. Si cada cuento necesita una moraleja, mejor no contar. Si cada verso es oprimido por su rima, por su métrica, por su metáfora, entonces habrá que dejar que se muera la poesía.

Yo no podría, nadie, resistir un sicoanálisis estricto y continuo, sin pedir a gritos que me encerrasen bajo muchas llaves en un manicomio.

Claro que es vanidad hablar de mí mismo, de ti, pero es una vanidad necesaria. Claro que hay alfileres dispuestos a pinchar en los dedos de quien quiera apretar el devenir de los renglones.

Pero ni es vanidad lo escrito, ni de alfileres está hecho el material de los sueños con que escribo.

No es psicoanálisis lo que persigo, no es herrumbe lo que propongo. Sino exorcismo.

HUECOGRABADO
Igual que no es ningún genio quien sospecha
que la lentitud venenosa de un otoño
tiene por testigo final a cualquier calle
la tinta de este papel también es la tinta última
y en la improbable forma con que consiga
abrazarme a su mentira jamás podrá
ser más cierta la vida. Pues no
porque se repitan hasta la fatiga
dejo de saber que mis poemas no son más
que los retratos de unos penúltimos suicidios,
el puño que si se abre todas las llagas
de la sombra tiene y también el corazón que suspira
por la sigilosa huida que se transfigura en las ventanas.

Que juntos quizá forman un instante solo y tenso
en lo rojo o en la noche, un pobre tiempo fiero
en el que el corazón aprieta y muerde para que después
la vida se descanse y con igual tristeza
retome mi cintura; instantes de derrotas
y de muros, desangelados arañazos o torpes ensayos
que con insistente timidez anuncian despedidas
estos mis ocres versos en silencio sabedores
de que si de la noche salgo no estoy
en ningún sitio.

(Santiago Montobbio)

Rebajas

Para tiempos de crisis, está visto que no hay nada mejor que bajar los precios. Gracias a esa técnica, hay quienes se interesan por artículos, nuevos o no tanto, cuyo precio inicial era prohibitivo para la mayoría de los bolsillos.

Venderse barato es la mejor estrategia. Pero no sólo hay que bajar el precio y estar siempre disponible, sino que se trata también de poner buena cara ante la demanda, aunque ésta no sea todo lo frecuente que a uno le gustaría. Halagar a la compradora enseñando la buena calidad del paño. Descubrirle como resalta la prenda sus ojos vivos, sus pechos suaves, su piel de terciopelo.

Impregnarse de su perfume celestial para seguir imaginando, cuando la tienda esté fuera del horario comercial, que hay interés en comprarte, que existe la impaciencia de llevarte puesto. Añadir a las palabras comunes que señalan el tipo de tela y su comportamiento en la lavadora, instrucciones de uso insistentes y sinceras: quédate, bésame, abrázame.

Y reír si ríe la cliente, y llorar si llora. Y preocuparse de su desánimo tras la certeza de toda rebaja ya experimentada. Y rozarle las manos con el corazón y acariciarle el corazón con las manos.

Por supuesto, debe ajustarse a la legalidad vigente. La bajada del precio no puede hacerse mintiendo ni en la calidad del producto, ni en la necesidad que uno tiene de venderse ganando algo a cambio, ni en el fervor del deseo de ofrecerle algo hermoso. Y naturalmente, dejar bien patente que puede descambiar la prenda a su antojo si, una vez en casa, no es de su agrado lo que ve en el espejo.

Es conveniente no dejar nada al azar y rematar la oferta con facilidades de pago. Inventar un pequeño abono diario o semanal y no reclamarlo a la fecha prevista de cargo, sino esperar a que ella misma se decida a hacerlo efectivo en el momento que mejor le parezca.

Practicar la humildad de no creer que uno es artículo de firma y abolengo, sino que cada quien vale lo que le cuesta a quien te compra. Convencerse de que el valor exacto que marca tu etiqueta es un número abstracto y arbitrario. En todo caso, se mide por las ganas que tengan de tenerte en su armario y las veces que eligen que cubras su silueta.

Me vendo barato, estoy de rebajas, porque es la mejor estrategia para los tiempos de crisis. Tiempos de crisis que escucho desde el otro lado del teléfono, tiempo de miedos que se coleccionan desde hace ya mucho, tiempos de incertidumbre que me hacen sentirme un par de tallas más pequeño y más anticuado.

Me vendo barato con la esperanza de que haya una clienta que «me lo quiten de las manos». Porque prefiero vivir alrededor de un torso adorable y espumoso, aunque me cueste entrar al mareo de las lavadoras, antes que seguir caro, frío, solitario, muriéndome de piel tras el cristal absurdo de cada escaparate.

DIFICULTADES

A Emilio Porta

Lo más difícil es
que las fotografías rocen sin abrasar
las horas degolladas,
acaricien sin daño
los encajes oscuros de las horas que fueron.

Lo más difícil es que la rutina sirva para tejer
una canción de cuna
que adormezca y abrigue los caballos sin alma del olvido.

Lo más difícil es que nuestros versos
rescaten hoy de nuevo la canción más oculta, sin sangrar,
sin hacer de la vida cotidiana un esperpento.

El resto es siempre fácil, sucede simplemente.

(Enrique García Trinidad)

COMO EL OLVIDO…

«Fui donde el Ángel y le dije que me diera el librito.

Y me dice: Toma, devóralo; te amargará las entrañas,

pero en tu boca será dulce como la miel-.» (10.9)

Así de amargo
el libro y cuanto en él se escribe
con la sangre.

Igual de amargo que este tiempo
que pasa como un trueno sobre el mar
y la tierra,
sobre la espalda de los hombres.

Como el dolor que no entendemos,
como el cansancio de la risa.

Igual que esta certeza que nos rompe
la voz y la cintura,
el recuerdo del barro,
la nostalgia de haber sido una lágrima fecunda.

Páginas vegetales que alimentan
las horas de la tarde,
cuando todas las cosas
ponen el corazón en cuarentena.

Letras amargas como el dorso
de una mano apoyada
sobre una puerta que cerró el recuerdo.

Pero en la boca,
dulce sospecha de esperanza,
pie que se acerca por la espalda
para dejar su beso sobre el cuello.

Dulce como la sombra
del verso que jamás escribiremos.
(Enrique García Trinidad)

Soñar con tatuajes

Cuando tú me lo enseñabas, el tatuaje me parecía precioso, lleno de color y de vida. Una especie de flor, cuatro pétalos, en amarillo y rojo. Una flor chiquita y delicada dibujada a un lado de la cadera, apenas asomando por encima del bañador.

No te veía la cara, pero sabía perfectamente que eras tú. Al darte la vuelta en la playa (¿playa o cama?, no recuerdo nítidamente) el efecto se desvanecía y aparecía en tu espalda un enorme dibujo verdoso, dragón o caballo, que te la cubría casi por completo. No recuerdo más que la sensación de vacío en el estómago y la náusea que me embargaba cuando intentaba extender el dedo para tocar aquello que, al menos, eso parecía, ni siquiera tú sabías que llevabas.

Entonces desperté con un desconsuelo impropio de tan inocente imaginación. Un desconsuelo genérico que, poco a poco, conforme iba volviendo a la consciencia, se iba concentrando en mi vientre hasta que, pasado un rato, se disolvió tan misteriosamente como vino.

He buscado lo que puede simbolizar, pero no consigo encontrar un significado claro. Si el tatuaje es propio, parece ser un indicio de vanidad, un impulso interno de distinguirse de los demás. O la necesidad imperiosa de mantener vivos los recuerdos, los momentos mágicos o los errores que creemos haber cometido.

Parece que hacer a alguien un tatuaje es una muestra de inconformismo y que hay que fijarse bien en la figura concreta que sale en los sueños. Con todo esto, sí, se podría elaborar alguna clase de explicación, alguna pista coherente de por donde van las pesadillas.

Pero lo que no parece importante en los diccionarios de sueños son las emociones. La admiración de la belleza que se convierte luego en algo parecido a la repugnancia, me tiene completamente intrigado.

Acaso todo cansa. Acaso no, todo cansa, es rigurosamente cierto, lo sé. Puede que todos tengamos dos caras, como las monedas, falsas o no, y que mostramos una mientras escondemos cuidadosamente la otra. Quizá solo sueñe con caballos porque veo el sufrimiento en tu espalda de un tamaño inmenso en comparación con las alegrías que te esperan por delante.

Nunca antes se me había ocurrido indagar en las pesadillas, que son los únicos sueños que recuerdo. Para los otros, para los buenos, prefiero estar despierto. Y es verdad que hace tiempo que no te los escribo.

Por falta de costumbre, por cambio de registro, por ausencia de necesidad. O quizás es porque temo que mis mejores sueños te parezcan indicio de problemas y prefiero camuflar mis deseos entre fotogramas.

SUEÑOS
Anoche soñé contigo.

Ya no me acuerdo qué era.

Pero tú aún eras mía,
eras mi novia. ¡Qué bella
mentira! Las blancas alas
del sueño nos traen, nos llevan
por un mundo de imposibles,
por un cielo de quimeras.

Anoche tal vez te vi
salir lenta de la iglesia,
en las manos el rosario,
cabizbaja y recoleta.

O acaso junto al arroyo,
allá en la paz de la aldea,
urdíamos nuestros sueños
divinos de primavera.

Quizás tú fueras aún niña
-¡oh remota y dulce época!-
y cantaras en el coro,
al aire sueltas las trenzas.

Y yo sería un rapaz
de los que van a la escuela,
de los que hablan a las niñas,
de los que juegan con ellas.

El sueño es algo tan lánguido
tan sin forma, tan de nieblas…

¡Quién pudiera soñar siempre!
Dormir siempre ¡quién pudiera!
¡Quién pudiera ser tu novio
(alma, vístete de fiesta)
en un sueño eterno y dulce,
blanco como las estrellas!…

(Gerardo Diego)

TE DIRÉ EL SECRETO DE LA VIDA
El secreto de la vida es intercalar
entre palmera y palmera un hijo pródigo
y a la derecha del viento y a la izquierda del loco
conseguir que se filtre una corona real
Levántate cada día a hora distinta
y entre hora y hora
compóntelas para incrustar un ángel
Nada hay como un suspiro intercalado
y entre suspiro y suspiro
la melodía ininterrumpida
Déjame que te cante
la grieta azul y el intervalo.

(Gerardo Diego)

En el parque

Soy y no soy aquel que te ha esperado

en el parque desierto una mañana

JOSÉ EMILIO PACHECO

Aún persigo tu sombra
por detrás de las gafas oscuras,
mirando ese ciprés huérfano de cementerios
que me susurra en no sé qué idioma
la indigesta letanía de lo lejos
que estás.

Pero yo te siento cercana,
jugando con las palabras en mi pensamiento,
haciendo gimnasia de mantenimiento en los artilugios
de color indefinido y dudoso gusto
que delimitan la ciudad de las edades.

Caen las hojas del calendario
como las páginas de un álbum de fotos
que me echa en cara tener más barriga
y que no se note que tengo menos miedo.

Otro color de pelo que conduce despacio
y me aparca en los límites de la vista,
me hace volver al teléfono
y darme cuenta de que ya es hora
de no seguir esperando tómbolas por hoy.

Me vuelvo a perder en tus ojos de niña
que sonríen todas las travesuras de los gestos
y miran el mundo y me lo enseñan
como misiles directos al corazón.

Tus ojos ya son el recuerdo de tus ojos,
tus besos la memoria de un año de mayo,
y aquel amor ha traspasado sin pasaporte
la frontera de los cinco segundos.

Me voy ahora, tomo los mandos de la noche
para recoger a tiempo las vidas de otro
cuyo último autobús sale a las once
y después me paseo un rato por la mía
que está aquí escrita en estas páginas.

Podríamos asesinarnos mutuamente
atravesando las tardes de parque
con un dardo envenenado de viernes
o de inmunidad diplomática,
pero yo no quiero perderte;
aunque algunas veces ocurra
que me disuelvo en redundancias
o en aguarrás.

COSAS EN COMÚN
Habernos conocido
un otoño en un tren que iba vacío;
La radiante, aunque cruel
promesa del deseo.

La cicatriz de la melancolía
y el viejo afecto con el que entendemos
los motivos del lobo.

La luna que acompaña al tren nocturno
Barcelona-París.

Un cuchillo de luz para los crímenes
que por amor debemos cometer.

Nuestra maldita e inocente suerte.

La voz del mar, que siempre te dirá
dónde estoy, porque es nuestro confidente.

Los poemas, que son cartas anónimas
escritas desde donde no imaginas
a la misma muchacha que un otoño
conocí en aquel tren que iba vacío.

(Joan Margarit)