Confirmar el borrador

Estoy aquí liado, con la calculadora en una mano y el corazón en un hilo. ¿Me saldrá a pagar o a devolver?

La parte de las retribuciones no es que sea escasa, sino que me gustaría dar y tener mucho más. Bueno, ya se sabe, las crisis diversas, incluidas las de la edad. Nunca termino de acertar cuales son computables y cuales no.

¿Deducible? Jamás entenderé ese concepto porque, al fin y al cabo, somos intuición y, aunque muchas veces nos falla, las deducciones fallan exactamente igual. Gastos sí, muchos, aunque estaban en lo esperado. Afortunadamente, la saliva es barata y la tinta electrónica también. Los otros, los previstos y hechos con mucho gusto, no han sido tantos como hubiera querido tener.

No sé si lo computable tiene que ver con lo imputable o lo disputable, se parecen mucho las tres palabras. Digo yo que serán cosas del rendimiento neto, porque de bruto yo no tengo nada. Bueno, si acaso, un poco, sobre todo cuando me pongo a fantasear. Y es difícil de calcular esto del rendimiento, porque tiene su cuota estatal, del imponderable estado de las cosas, y su parte autonómica, de la autonomía de cada cual al valorarlo todo según su intrahistoria.

La base imponible es cero, porque adoro la libertad para dedicar el tiempo y no hay nada que imponer. En todo caso, un mínimo por contribuyente, porque si no se contribuye con dedicación, se está exento (según Ley 58/2003, Art 41, 42 y 43, apartado c) y siguientes) y no hay declaraciones que hacer.

El tipo medio lo tengo claro, todo el mundo sabe que lo soy, con mi cuota íntegra (más o menos reducida) y mi parte complementaria y liquidable de falta de sinceridad que, a veces, hay que someter a gravamen y reducirle la parte positiva del ahorro de malos ratos que pasar.

Lo de los donativos me pone malo. Odio esa palabra. Uno se entrega por gusto o no se entrega, ¡qué coño de donativos!

Recuerdo algunos intentos de autoliquidaciones antiguas, pero digo yo que ya habrán prescrito, nada de liquidar. Sublimar, sí, eso sí que lo intento siempre que puedo, pero no aparece en ninguna casilla. Tampoco, qué extraño, hay casilla para solidificar. Lo que sale aquí es lo de la deducción por la hipotética; pero mejor no pongo nada, que quién sabe lo que puede pasar.

La cuota líquida, bueno, por la parte autonómica hay de sobra, vamos, prácticamente todos los días. En cambio, la estatal es escasa, por las prisas, más que nada.

Ya sólo me queda resolver la cuota diferencial, pero el caso es que me encanta la diferencia. ¿Podríamos dejarla tal y como está? ¿Sí? Entonces ya tengo la declaración hecha.

Que conste que esto de tributar lo hago con alegría, con mucha alegría. Porque el amor, en lugar de un ejercicio de expectativas y memoria, debería ser siempre un borrador pendiente de confirmar.

Sólo me queda firmar electrónicamente el borrador y que me lo validen estos poemas.

AL FINAL

«Los ojos ven, el corazón presiente.»

Octavio Paz

Duele el amor si pasa
hirviendo por las venas.

Duele la soledad,
latigazo de hielo.

El desamor no duele. Es visita esperada.

No duele el desencanto. Es tan sólo algo incómodo.

Somos así, mortales
irremediablemente,
sin duda acostumbrados
a que todo termine.

(Irene Sánchez Carrón, Porque no somos dioses, 1998)

KNOCK-OUT
ella afirma que pertenece a la Iglesia Evangélica.

yo la creo.

me dice que debo unirme a su Iglesia.

toco su ronca boca y oigo su voz suave.

ahora intenta adivinar mi profesión:
¿eres marinero?
¿estás loco?
¿vendes cítaras?
yo no respondo.

vivo tan lejos de sus preguntas,
dentro de un corazón alquilado.

todas las mujeres son vuelos,
¿es ella un vuelo chárter
en un avión que se avería?
silbo mientras pienso la respuesta.

aquí no hay ventanas,
pero sé que llueve,
una lluvia triste como gallo sin cresta.

siempre agua,
jamás maná.me dice que silbo descaradamente mal.

estamos en la cama casi desnudos
(yo aún llevo mi camiseta o mi coraza.

y una medalla tapa un círculo
de su piel).

algo hay entre mis dientes.

no sé qué es,
quizá un último billete.

quizá una declaración de amor disfrazada de billete de mil.

ella está evangelizándome,
me dice que debo unirme a su Iglesia.

busco calma en su extraña fe.

ella tiene tantas almas como un noble ruso,
no dejaré que me salve hoy.mis garras acarician,
cuando me vaya de aquí
recobraré la felicidad de mis garras desgarrando la vida.

ella me mira,
yo numero sus lunares como antes numeré sus penas.

le digo que soy militar retirado con jugosa pensión,
finquita y Jaguar,
y ella me dice:
cierra la boca,
cielo,
yo soy una ciudad de chicas.

quiero amarla, quiero quererla.pienso en otra mujer,
me destruía sentada en un bidé.

ya no pienso,
ya no.

cojo un cigarrillo,
y mi mechero abre su ojo de llama.

ella ve cómo fumo nuestra pobre pipa de la paz.a las diez y cinco nos damos cuenta de que el Juego sobrevive.

  jugamos.

   la empujo
    y cae sobre la cama blanca como ermita.

      knock-out.

(Pedro Casariego)

Nadie es perfecto

He ido aprendiendo poco a poco a no entender a los demás. Requiere mucho esfuerzo. Aceptar que nadie es perfecto, aunque te pida la bolsa o la vida a punta de razones, no es sencillo de asimilar.

No me refiero a la desatención de oír a mis semejantes en lugar de escucharlos. También hago eso de vez en cuando, naturalmente, faltaría más: tampoco yo soy perfecto.

Ni tampoco quiero decir que me desentiendo. El único capital propio es el tiempo que tenemos y a qué o a quién se lo dedicamos. Y, desde luego, no me gusta despilfarrarlo.

Quizás no lo sepa explicar mejor que como he dicho al principio. He ido aprendiendo poco a poco a no entender a los demás. Supongo que gracias a este progresivo desconocimiento que la vida me regala con el paso, más que de los años, de las situaciones y de las personas que me transitan.

Cuando me dicen que un año o cinco años, inmediatamente consigo no entenderlo. Cuando alguien se aflige porque no consigue hacer lo que quiere hacer, me resulta muy sencillo no entenderlo. Cuando me refieren enfados concretos, venganzas terribles, promesas inquebrantables, preferencias infinitas, principios irrenunciables, advertencias genéricas o, simplemente, planes bien elaborados, noto enseguida que se activa el mecanismo de no entenderlo. Cuando me dicen que me quieren, soy capaz de no entenderlo perfectamente.

No es ningún ingenioso juego de palabras ni ninguna mordaz reprimenda infundada. Ocurre que hay quienes piensan que somos rubios o morenos, fieles o mujeriegos, casados o solteros, guapos o feos, de izquierdas o de derechas, aries o sagitario, Leoncios o Tristones, gavilanes o palomas, mentirosos o sinceros, estruendosos o tímidos, corazones o cabezas… y, entonces, lo entienden todo. Entras por la puerta y, con una sola mirada, ya saben que eres hipocondríaco, neurótico, pasivo, hipertenso, depresivo, homosexual, impetuoso, fumador, sádico pero romántico y que prefieres los perros a los gatos.

Pero poco a poco hay que ir no entendiendo. Porque, por encima de todo eso que puede que seamos, muy por encima, mucho antes, somos, los seres humanos, profundamente contradictorios. Y, por si no fuera ya implícito en la frase anterior, añado que, naturalmente, somos fundamentalmente incongruentes.

Si ves que no me entiendes, no te preocupes lo más mínimo, es buena seña, vas por buen camino. Porque no es que yo no sea perfecto, no es que tú no seas perfecta: sino que lo perfecto es que seamos.

No, mi besos -quizás algún día puedas comprobarlo- no son perfectos. Lo perfecto es que sean besos. Y que se puedan despojar de toda costumbre añadida.

ÉCHALE A ÉL LA CULPA

A José María Álvarez y Carmen Marí

Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías
ridículos del otro, en implacables jueces
que condenan sin pruebas y comparten
sus estúpidas penas con el reo.

El amor nos confunde y trata ahora
de que vea en tu fiesta una traición.

Por huir de esa trampa me amenazo
con los nombres que cuadran al que cae en su vacío:
egoísta, ridículo, inseguro, celoso…

Y como un ejercicio de humildad pienso en ti
divirtiéndote sola: te imagino bailando
y mirando a otros hombres;
al calor del alcohol
confiesas a una amiga algunas cosas
que te irritan de mi sin que yo lo sospeche,
y por unos instantes saboreas
una vida distinta que esta noche te tienta
porque eres humana, aunque no me haga gracia.

Ahora caigo en la cuenta de que dudas
como yo dudo a veces, y que también te aburres,
y que incluso algún día habrás soñado
follar como una loca con el tipo que anuncia
la colonia de moda.

Para calmarme un poco
tras la última idea, yo me digo
que el amor es un juego donde cuentan
mucho más los faroles que las cartas,
y procuro ponerme razonable,
pensar que es más hermoso que me quieras
porque existen las fiestas, y las dudas,
y los cuerpos de anuncio de colonia.

Lo que quiero que sepas es que entiendo
mejor de lo que piensas ciertas cosas,
que soy tu semejante, que he pensado besarte
cuando llegues a casa; y que es el amor
-ese tipo grotesco y marrullero-
el que va a hacerte daño con palabras
absurdas de reproche cuando vuelvas,
porque ya estás tardando, mala puta.(Vicente Gallego)

Lo que nunca he escrito

La verdad es que no sé cómo empezar este texto, aunque -y esto es raro en mí- ocurre que es de las poquísimas veces en las que sé exactamente lo que quiero decir.

Quizás lo mío no son los principios y tampoco sea necesario el entreacto de los párrafos para saber lo que digo. Seguramente es porque siempre prefiero dejar lo que más me gusta para postre. Una manía, una marca, una elección continua. Una de esas pocas verdaderas libertades que tenemos los seres humanos. Como la de encender la tele o dejarla apagada al llegar a casa, como desayunar antes de hacer la cama o viceversa, o cualquier otra combinación de intrascendencias que hacer con las llaves o con la vestimenta.

Estoy divagando, lo sé, quizás aún no se vislumbre siquiera eso que tengo necesidad de decir hoy. Sí, he usado la palabra correcta -otra manía impenitente la de atrancarme en los significados exactos, aun sabiendo perfectamente que no hay nada más inexacto que un significado-. Sí, necesito ser capaz de decir algo que, creo recordar, nunca digo y, sin embargo, tantas veces me quedo con ganas de decirlo que a veces me parece que es imposible que nadie lo sepa.

Un cierto pudor empapado en soberbia me lo impide. Esa otra manía inútil de no querer estorbar ni interrumpirle a nadie la vida, porque tiempo es lo único que tenemos y no quiero estafarle a nadie ni un sólo minuto. Y es que me puede esa vanidad absurda de rechazar cualquier regalo que huela a acto compasivo o a alguna de esas cosas que, bien entendidas, empiezan por uno mismo.

Así, por encima, debo haber escrito en los últimos años unos mil textos. Sí, sorprende la cifra, por lo menos a mí. Supongo que deben suponerse unas cuatrocientas mil palabras, más o menos. Da lo mismo porque, si añadimos lo hablado en ese mismo tiempo, empiezan a salirme decimales por todos lados.

He escrito sobre casi todo lo que se puede escribir, hasta sobre algunas cosas que ni siquiera merecía la pena pasarlas a limpio. Recuerdo haber escrito también sobre todo aquello que no se escribe y, sin embargo, nunca he sido capaz de decir que te quedes cinco minutos más conmigo.

O por lo menos, no recuerdo haberlo dicho ni escrito; aunque si bien mi memoria no es mala -vamos, que no me quejo en lo más mínimo de su rendimiento-, también es cierto que no levanta actas certificadas y que su exactitud es verdaderamente caprichosa e interesada algunas veces.

Le estoy dando vueltas -quizás precisamente ese sea el objetivo- porque, ahora, de repente, noto que me está subiendo la vergüenza al pensar lo que voy a dejar aquí escrito. Uno nunca acaba de conocerse y, cuando ya casi parece tenerse dominado, no sé, algo sucede, la vida vacila un momento, y te ves diciendo cosas que nunca te habrías imaginado que saldrían de tus dedos. Ni en voz alta, ni tan siquiera, como aquí, bajito y al oído.

Ni siquiera sé cómo terminar este desastre hecho renglones. Y eso que, seguramente, lo mío son los finales -o eso me dicen los amigos- que siempre se me quedan redondos, como círculos que se cierran y se quedan retumbando en el oído. No se me ocurre cómo acabar esta disfunción literaria en la que me he metido.

Sé que aquí acaba este texto y que mi silencio nunca tiene nada de atractivo. ¿De qué sirve un renglón en blanco, de qué sirve un párrafo vacío? Ni siquiera sé si al final he conseguido escribir lo que hoy necesitaba escribir. Y si lo he hecho, seguro que está escondido, como deseando, puerilmente, que te pase desapercibido. «Inútil» debería ser el título de este intento de complicidio.

Pero por si acaso lo he conseguido -y fuese mentira-, no hace falta que digas nada. Sólo déjame que añada… por favor.

ASALTO
Suave y firme tu mano.

No tembló tu corazón; era un instante
de calma y superficie
en tu voz como plata con arena
y en la húmeda pizarra de tus ojos.

Ha sido ahora, ausente,
cuando el tacto recuerda una caricia
y sangre adentro va tu aroma alzando
el oleaje y quema tu piel de oro.

Sufro extrañado en esta mano nueva
con su emoción de almendro,
que late y crea al recordar. La paso
por los objetos de costumbre: el hierro,
la madera, el cristal, la lana -tuyos-
y una descarga eléctrica de rosas
los hace carne viva.

(Dionisio Ridruejo)

Supongo que te habrán contado

La realidad consiste en fragmentos. Si te das cuenta, la misma película proyectada, el mismo paisaje caminado, la misma conversación mantenida, el mismo beso compartido o la misma imperiosa necesidad de una silla se perciben de modo distinto para cada uno.

Cuando nos arrolla algún fragmento, lo percibimos como un todo global, a veces confuso, pero que se extiende hasta rellenar un instante, un minuto, un mes, una vida. Lo percibimos como un todo con tanta fuerza, a veces confusa, que no se nos ocurre pensar que sólo es una parte, un fragmento, un fotograma.

Sólo hay una verdadera razón para contar lo sucedido, una única necesidad sustancial que es la de revivirlo, tal y como hacemos con los recuerdos que, al contarlos, parecen dejar de representar lo perdido y confiamos en retenerlos un poco más. Como una conversación de madrugada, cuando los ojos se van volviendo chiquitos y nadie quiere que la suya sea la última palabra.

La única razón para contar lo sucedido es la imperiosa necesidad de asegurarse de que alguien más vivió un momento con nosotros, que le dio tanto valor como nosotros, que significa lo mismo que para nosotros.

Las otras razones posibles son espurias, ficticias, bastardas… Porque también contamos para engañar o engañarnos, para dar envidia o propagar rumores, para presumir, para matar el tiempo, para detener ese ruido infernal en que a veces se convierte el silencio.

Contamos para sobornar a algún biógrafo aturdido, para alterar la gran investigación de la verdad del mundo, para convencer de que nuestro fragmento es el único. O para limar los bordes y sacarle brillo a ese trozo de la realidad que sólo puede ser nuestro. Muchas veces también contamos en defensa propia, para des-contar lo que dicen otros.

Supongo que te habrán contado muchos fragmentos, aunque no sé bien con qué objeto. Pero te habrán contado quienes siempre te cuentan, como siempre te cuentan, por lo que siempre te cuentan. Quizás me equivoco yo en lo que no cuento, porque puede que la curiosidad o la tranquilidad de otro sea también una razón aceptable para contar.

En cambio, sí quiero contarte la otra porción, esa que yo mismo me cuento para retenerla un poco más, para distinguirla de un sueño y saber en qué cara del poliedro estuvimos cada uno. Mi fragmento está lleno del peso aprendido de un cuerpo, del calor suave de una piel que al extenderse se va tornando doméstica y de ese intento tan desvalido de restregar la tristeza contra las sábanas, sin conseguir que desaparezca.

Supongo que te habrán contado, alguna vez, estas mismas cosas que yo te cuento. Puede que hasta con mejores palabras, con edad más apropiada para la ternura y con gestos más intensos. 

Yo sólo escribo aquí este fragmento para tener un sitio en donde guardar las cosas que pierdo y avisarme de las que no quiero seguir perdiendo.

NOSTALGIA DE PESO
Siento nostalgia de tu peso, del modo
tan particular que tiene el amor
de encaramarse a las sillas,
de esa sensación de espuma en el oído
cuando tu pelo se me enreda en los dedos
mientras respiras a dar.

Es curioso que la nostalgia se me acumule
en los brazos abiertos, en los muslos exentos
de ese peso justo que me ancla a la tierra
y a un lento recorrer los bordes de una nube.

Es curioso sentir esta nostalgia de tu peso.

Tú dirías, con esa niebla con que miras la vida,
que se puede vivir sin abrazos y sin besos.

Seguramente tendrías razón si lo dijeras,
como lo dices todo, mansamente,
como ciego que le alumbra al visitante
el fondo de la celda
en la que se desespera de oscuridad.

Tal vez tuvieras razón y se pueda
tener una vida corriente entre las manos
sin otra cosa que llevarse a los muslos
que el recuerdo de un peso,
sostenido a favor y en contra
de la ley de la gravedad.

Día del libro

Se dejó caer con una sonrisilla
de las de creerse el final de los cuentos,
envuelta en una chaqueta
de abrígate si vas a salir.

Se dejo caer con su nombre
puesto en el pecho,
con sus botas de ya estoy aquí,
con su falda de clavarme
los ojos en el anzuelo
y sus pestañas de reír.

Se dejó caer con su voz
de acércate más que no te oigo,
con los ojos entreabiertos
de quiero seguir en este sueño,
con sus labios crudos y tiernos
de pruébame de sal.

Se dejó caer con un abrazo
de los de no quiero irme,
con un beso desmemoriado
de los de ya no me acuerdo
lo que tenía que decirte.

Se dejó caer con un braille en el pecho
de pasa primero los dedos
y después me dices lo que pone,
se dejó caer para que traerme
una tarde, una rosa y aire nuevo.

Tú crees en el ron del café, en los presagios,
y crees en el juego;
yo no creo más que en tus ojos azulados.

Tú crees en los cuentos de hadas, en los días
nefastos y en los sueños;
yo creo solamente en tus bellas mentiras.

Tú crees en un vago y quimérico Dios,
o en un santo especial,
y, para curar males, en alguna oración.

Mas yo creo en las horas azules y rosadas
que tú a mí me procuras
y en voluptuosidades de hermosas noches blancas.

Y tan profunda es mi fe
y tanto eres para mí,
que en todo lo que yo creo
sólo vivo para ti.

(Paul Verlaine, versión de Luis Garnier)

Soplo

Lo que apaga el fuego, no es el agua, ni es la tierra. Es el aire, o mejor dicho, su ausencia. Los otros elementos tienen la virtud de impedir que el oxígeno alimente las llamas.

Aquello mismo que te hace arder, puede apagarte en un instante, con sólo irse, con el único esfuerzo de desaparecer sin dejar rastro, con la única necesidad de perder el contacto.

Quiero decir que las lágrimas desahogan, pero no apagan el fuego, lo duermen, lo vuelven rescoldo desesperado de aire.

Quiero decir que echar tierra encima, no concluye un incendio. Lo tapa, lo limita, lo cubre. Pero las ascuas siguen encendidas mucho más adentro.

Tú, que siempre vives bombera en acto de servicio, que siempre corres de un fuego a otro, que lías con una manta toda llama que atormenta a quienes te piden auxilio, lo sabes bien por tus fuegos propios que arden exactamente, que queman muy despacio, que abrasan desde el centro.

A veces te soplo, lo sé, me quedo parado en una definición y te soplo, me escalda una sensación y te soplo, me tuesto en mitad de un deterioro imaginario y te soplo. Luego me arrepiento de haberme encendido un desastre que te acaba quemando las manos con que me envuelves, la voz con que me tranquilizas el vello, el agua con que te despides dando besos.

Tú corres de un fuego a otro, de tu propia quemazón al humo siguiente, desde la pesadumbre que te achicharra hasta el corazón de la llama que prende en otros. Y yo, descuidado y soberbio, en lugar de contener la respiración y espantarme mis propios fantasmas, a veces soplo.

En lugar de soplar, de aquí en adelante, prometo guardar las palabras para abrazarte y rodar por algún sitio esponjoso y cálido, donde ya no nos corra el aire, donde el único fuego que quepa entre nosotros sea ese que desabrocha con prisa las camisas torpemente,  ese que atornilla las bocas frente a frente y consume muslos mientras los minutos arden.

INCENDIO
En mis sueños hace mucho calor
y cuando, al cabo,
me levanto y me visto
sin saber el color que tendrá el cielo,
salgo buscando,
en todos los ojos que miro,
los ojos que llevo en mi sueño.

Incluso ahora que escribo,
sí, precisamente ahora mismo,
en estos bordes que comparten
el insomnio, la vigilia y un incendio,
no puedo dejar de pensar ni un instante
en este calor ni en este sueño.

Y lo peor es que esta llama
que me quema tan desde dentro
no puede sofocarse con agua,
sólo se puede apagar ardiendo.