Santos, magos, brujos y otras criaturas del abismo

Igual que los niños, que en estas fechas andan fascinados por una bonita mentira que no es turgente pero sí comunal, andamos los adultos por la vida, esperando que nos cuenten los mismo cuentos, con los mismos principios, los mismos finales y las mismas palabras.

Y cuando se cambia alguna parte del cuento, sea por olvido o por innovación, nos rebelamos contra nuestros contadores y los acusamos de cuentistas. Enfurruñados, incómodos, decepcionados, despreciamos la narración alternativa por aburrida.

Uno se enamora siempre de la misma persona, con diferentes soportes físicos, incluso de sexos diversos, que al principio es la que esperábamos, la que nos sorprende, la que nos completa. Y amar consiste en ir dándose cuenta que no, que el cuento ya nos lo habíamos contado antes y que se equivocan al contarlo.

Nos gusta todo lo que se repite, como niños embobados escuchando un cuento antes de dormir y, al mismo tiempo, despreciamos a los que se repiten. Todas las canciones de cada autor son la misma, todas las novelas escritas con la misma mano son indiferenciables, todos los poemas de cada poeta esconden la misma calaña. Y El Brujo, siempre hace el mismo papel y vuelta la burra al trigo.

Bill siempre está atrapado en el tiempo, cace los fantasmas que cace, viva en el hotel que viva, sea acuático o no su personaje. Sólo una vez me pareció verlo perdido en la traducción, pero se lo puedo perdonar. Le veo una ternura agresiva, una comicidad patética, que me gusta verle repetida, como disfruto de escuchar ciertas palabras al oído esperando que siempre sean las mismas.

Acaso nuestros gustos no sean más que contratos de pertenencia sin fecha de caducidad conocida, del mismo modo que vibramos o sufrimos siempre con un equipo, votamos o castigamos al mismo partido, adoramos u odiamos según qué tradiciones de las tantas que nos llegan del alrededor.

Somos ahora tal y cómo eran los niños que fuimos, con nuestro desapego familiar, nuestra preferencia por la cruda realidad. Con el mismo modo de creernos en lo cierto, con la misma rabia de no querer hacer lo que estamos haciendo y, sin embargo, hacerlo. Y nos gusta que nos cuenten los mismos cuentos como siempre nos los han contado.

Los cuentos que nos gustan, nos gustan siempre, y los que no, creemos que no nos gustarán nunca. Aunque, bueno, ahí es donde entra la vida, que es otra niña, también malcriada, y nos da con nuestros gustos en la boca y acabamos disfrutando con cosas que, diez años atrás, hubiéramos jurado que jamás.

Al final, resulta que la cosa se queda en una cuestión de lo más simple: el santo me gusta y el brujo no. Aunque, quien sabe, a pesar de los celos que te dé, puede que un día me descubra en el lado contrario diciendo lo rica que está este agua que no beberé.

Son muchos los santos que te cambian la vida, muchos los reyes magos que te dan la ilusión y quizás más tarde te la roban, muchos los brujos que primero no tragas y luego adoras… Y muchas son las criaturas del abismo (amor, amigos, familia y otros enseres) que van cayendo con nosotros en todas y cada una de las contradicciones que necesitamos para vivir.

Y claro que habrá alguien, en algún momento, en algún lado, para quien podamos haber sido santos, magos, brujos, en una víspera cualquiera, en una noche de camellos o en un vecindario desolado y remoto. Alguien habrá, supongo, aunque no sé de qué me servirá que lo haya.

Otras lunas
Los años, a dentelladas unas veces
y otras veces con un lento bocado,
verso a verso, tenaces,
te quitaron la piel
que te prestaba Alicia.

Al dorso de fotografías antiguas
dejaron las voces y los rostros,
las palabras más crueles del amor,
como escamas de niebla.

Y es solo la luz fría de la luna
la que invade las viejas bibliotecas
y te sorprende hoy, mujer,
riendo a carcajadas
desde el lado prohibido
de todos los espejos.

(Trinidad Gan)

Irreverencias
En amor, ese juego solitario
desprovisto de cómplices leales,
no cabe repetirse en la derrota
que ignorabas las reglas de partida.

Por eso es tan mal juego el amor,
a tal punto de ser irreverente
darle el nombre de juego
–si en sí no es otra cosa
que la extraña armonía entre dos cuerpos
que nos deja temblando–
Por eso hoy me descubro
(yo que nunca di nada por perdido)
faltándole el respeto a mis memorias.

(Trinidad Gan)

La desaparición de Eleanor Rigby

Algunas veces es díficil encontrarle algún sentido a la vida. Te tiras por el puente como esperando que debajo del agua todo esté más claro.

Huir o volver, no parece abierto ningún otro camino. Entre tanto, los rostros se van perdiendo en la memoria en un proceso que desgarra.

Volver a la universidad, a la vieja casa, al restaurante propio que te tenga la cabeza ocupada. O huir al nuevo, retomar la tesis abandonada.

Encontrar otro cuerpo que habitar o echar de menos el antiguo. No es que no se sepa qué camino tomar, sino que no se ve ningún camino.

La depresión es el estado natural del hombre consciente de sí mismo, cuya única cura estriba en la capacidad de soñar y en el alivio de olvidar. Ayer y mañana son días en los que no se puede hacer nada, es cierto, pero le prestan algo de sentido a lo que vivimos hoy.

Puede que no seamos capaces de contarlo, porque esperamos cosas sin nombre, sin fecha, sin documentos que firmar. Esperamos que alguien siga estando y que cada vez lo notemos más cerca, esperamos que las sorpresas de la vida nos alegren más de lo que nos entristezcan, esperamos poder contar este año que empieza cuando comience el siguiente, esperamos que haya algo que seguir esperando. Seguramente deseamos tanto, tan por dentro, tan difícil de expresar, que es como si no esperáramos nada.

Yo tampoco espero nada de la vida, Elly, nada que se pueda contar a un conocido al que no ves hace años. Es algo que uno siente dentro, como un murmullo intermitente que se enciende a ratos y a ratos se apaga y te ayuda a dormir por las noches.

Uno elige huir, la otra prefiere volver, dos formas de comenzar de nuevo. Quizás la clave no sea sino no dejar de empezar nunca.

Pero es que la depresión y la tristeza hablan idiomas extraños. Es muy difícil saber cómo se pronuncian las palabras mágicas para que surtan efecto, cual es el gesto que dispara el calor, cómo bailar la música con que laten unos corazones tan extranjeros.

Tractatus de amore
I
No digas nunca: Ya está aquí el amor.

El amor es siempre un paso más,
el amor es el peldaño ulterior de la escalera,
el amor es continua apetencia,
y si no estás insatisfecho, no hay amor.

El amor es la fruta en la mano,
aún no mordida.

El amor es un perpetuo aguijón,
y un deseo que debe crecer sin valladar.

No digas nunca: Ya está aquí el amor.

El verdadero amor es un no ha llegado todavía…V
Aunque quizá todo esto es mentira.

Y el único amor posible (entiéndase, pues el Amor con mayúscula)
sea un ansia poderosa y humilde de estar juntos,
de compartir problemas, de darse calor bajo los cubrecamas…

Reír con la misma frase del mismo libro
o ir a servirse el vino a la par, cruzando las miradas.

Deseo de relación, de compartir, de comprender tocando,
de entrar en otro ser, que tampoco es luz, ni extraordinario,
pero que es ardor, y delicadeza y dulzura…

No la búsqueda del sol, sino la calma día a día encontrada.

El montón de libros sobre la mesa, tachaduras y tintas
en horarios de clase, el programa de un concierto,
un papel con datos sobre Ophuls y la escuela de Viena…

Quizá es feliz tal Amor, lleno de excepcionales minutos
y de mucha, mucha vulgaridad cotidiana…

Amor de igual a igual, con arrebato y zanjas, pero siempre amor,
un ansia poderosa, pobre, de estar unidos, juntos,
acariciar su pelo mientras suena la música
y hablamos de las clases, de los libros,
de los pantalones vaqueros,
o simplemente de los corazones…

Aunque quizá todo esto es mentira.

Y es la elección, elegir, lo que finalmente nos desgarra.

(Luís Antonio de Villena)

¡Bon dieu!

Para quien tiene buen memoria, todo es repetido. Y aunque yo no tengo esa ventaja-inconveniente, a veces me resulta imposible no ver a Alfredo como inventor del mundo.

Es muy de este siglo. Coger un tópico y estirarlo, partirlo en trocitos y recomponerlo de nuevo con unas risas hasta que parezca otro.

No hay nada que dibujar, se trata de calcar poniendo en la ventana un folio y dejar que la luz traspase personajes que ya teníamos imaginados.

El caso es que hablas raro, Alfredo, pero eres tú. Y también están Jose Luís, Antonio, José, Paco… Desdibujados en otro país, pero riéndose seriamente y desde lejos del mismo mundo.

Ahí está la clave de la comedia, reconocer a los demás pero no a uno mismo. Y es que la vida es comedia de viga en el ojo ajeno y de ocho apellidos del mundo.

Prefiero, ya sabes, lo contrario: verme dentro, aunque sea llorando. Es una simple cuestión de distancia, un color elegido hace tiempo quién sabe por qué.

Pero lo cierto es que los colores son millones, las distancias incontables, las palabras multifactoriales, la memoria caprichosa. No sólo de premios Planeta vive el hombre, no hay una única poesía que sea la buena, hay muy diferentes cines en los que mentirse a oscuras.

Sin embargo, para quien tiene memoria, todo se repite aunque se le embellezca el nombre con un término culto que sirva para disuadir a unos y maravillar a otros, a partes no siempre iguales.

Neopostlandismo francés, ochismo sociocultural, antialmodovarismo global… ¿Y por qué no? No sólo de Lubitsch y langostinos vive el hombre. De tanto en tanto, pincho de tortilla y risa floja.

Como entre tanto blog de mentiras, se me escapará, sin querer, alguna verdad.

Canción
Nunca fue tan hermosa la mentira
como en tu boca, en medio
de pequeñas verdades banales
que eran todo
tu mundo que yo amaba,
mentira desprendida
sin afanes, cayendo
como lluvia
sobre la oscura tierra desolada.

Nunca tan dulce fue la mentirosa
palabra enamorada apenas dicha,
ni tan altos los sueños
ni tan fiero
el fuego esplendoroso que sembrara.

Nunca, tampoco,
tanto dolor se amotinó de golpe,
ni tan herida estuvo la esperanza.

(Piedad Bonnett)

El lunar de De Niro

A veces ocurre. Sale en la pantalla un tipo normal al que te pareces vagamente. Le sigues atentamente, un fotograma por detrás, con la curiosidad de saber a dónde va y de dónde viene.

Luego sale ella, rubia, inquieta, y notas que quisieras reconocerla. Se cruzan, se encuentran y parece como si el eje del mundo se doblara a favor del viento, como si el centro del universo se enredara en una librería.

Y siempre es navidad y siempre son las tardes tranquilas y no parece que haya nada más que ellos en el mundo. Ella mueve los ojos mientras vacila y él apenas puede dejar de hablar. Y se siguen acercando, en busca de algo más profundo, hasta que se acercan de más y se dan cuenta de que no pueden.

Entonces, por más que se esperan, nada sucede. O mejor dicho, sucede que se desencuentran, que se descruzan, que se desviven y que llueve.

Y, mientras llueve, ella conduce a toda velocidad, para llegar tarde al triste destino de despedirse, cuando derrapa en una recta del azar. Él se lleva sus ojos tristes hacia otro lugar en donde buscar los tiempos felices que ya da por perdidos.

Entonces, cerca del final, cuando siempre es navidad, empiezas a pensar que no. Que no se ve el dolor ajeno, que tú no eres el tipo equivocado, que no pueden servir para tan poco las palabras. Y que el lunar que tiene en la cara De Niro, tú, lo tienes en el ombligo.

Y al final, veinte años después, cuando ya no tienes edad de creer y mientras van subiendo los créditos, se te ocurre imaginar que, quizás, ella te tenga un asiento reservado que tú puedas ocupar.

Aunque no vas a empeñarte en que sea el de al lado. Que eso no importa tanto, que puedes sentarte unas cuantas filas detrás. Y así, cuando las rectas vengan torcidas, ponerte a mirar ese dulce reflejo que ella siempre proyecta sobre la ventanilla.

Y confíar en que, quizás, cuando el tiempo se vaya haciendo pesado en las manecillas, también ella mire para atrás.

Sencillos deseos
Hoy quisiera tus dedos
escribiéndome historias en el pelo,
y quisiera besos en la espalda,
acurrucos, que me dijeras
las más grandes verdades
o las más grandes mentiras,
que me dijeras por ejemplo
que soy la mujer más linda,
que me querés mucho,
cosas así, tan sencillas, tan repetidas,
que me delinearas el rostro
y me quedaras viendo a los ojos
como si tu vida entera
dependiera de que los míos sonrieran
alborotando todas las gaviotas en la espuma.

Cosas quiero como que andes mi cuerpo
camino arbolado y oloroso,
que seas la primera lluvia del invierno
dejándote caer despacio
y luego en aguacero.

Cosas quiero, como una gran ola de ternura
deshaciéndome un ruido de caracol,
un cardumen de peces en la boca,
algo de eso frágil y desnudo,
como una flor a punto de entregarse
a la primera luz de la mañana,
o simplemente una semilla, un árbol,
un poco de hierba.

(Gioconda Belli)

Indicios, sombras y espíritus

Se levanta a la misma hora, como si fuese a verla. Enciende el primer cigarro mientras le da los buenos días y le ofrece café, aunque ella nunca toma.

Después enciende el mundo y rebusca las evidencias de su paso, como quien recrea el barco en la estela que deja al navegar. Y cuando aparecen allí, por detrás de las contraseñas, como si le estuvieran esperando, respira hondo y admite pulpo como animal de compañía.

Entonces se asea, se viste, coge la cartera, las llaves. Se aferra al móvil cuando se lo introduce en el bolsillo y baja al patio, como si fuese a verla. Pero hoy es domingo, siempre es domingo, un largo domingo de noviazgo que tardará semanas, móviles, lluvias, silencios, en terminar.

Y se pasa el día yendo y viniendo a los indicios, persiguiendo sombras e invocando espíritus. «Si termino antes de la una, mañana la encontraré. Si termino antes de la una… vamos… corre…». Por eso diseña recuerdos y acertijos, los escribe con cuidado y los lanza al mar. Para que, en cada guerra del otro lado, también haya indicios y se dejen atrapar las sombras y contesten los espíritus.

Entretanto, la vida sigue -quizás sin sentido-, el día se enfría -tal vez por efecto del calendario-, la noche estorba -o el cansancio-, el esfuerzo de verse se traspapela -puede que subrayado-. Entretanto la felicidad o la desdicha, equivocaciones diversas o risas, somos tan distintos que nos parecemos, te lloraré primero y después me abrazaré al olvido.

Dímelo, dímelo, aunque ya lo sepa, y luego volvemos al venticinco por ciento, que quien está acostumbrado a indicios, quien persigue sombras, quien encierra espíritus, necesita también un cuerpo explícito y una palabra al oído.

Mientras se espera, Audrie, todo es posible. Y todo es posible porque esperar consiste en hacer un pacto con los espíritus, con las sombras, con uno mismo y con los indicios…

Búsqueda
¿Hasta cuándo la luz en la ventana
y el corazón ansioso
bebiéndosela a sorbos?
¿Hasta cuándo
la cacería de sueños
sin destino?
(Maria Clara González)

Pájaro azul
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?
hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.

le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?
(Charles Bukowski)

El misterio de la felicidad

Sólo hablamos de lo que vivimos, de cómo lo vivimos y sólo somos capaces de desear aquello que nos falta.

La «bastantidad» es un espejismo. En realidad, necesitamos muchas cosas para ser felices, para sentirnos bien. Pero no por una cuestión de cantidad, o de diferenciación de necesidades, sino porque olvidamos con facilidad lo que tenemos.

Comer y beber, el resto es divertirse. Hablamos de lo que vivimos, civilizados, relativamente cultos, asentados. Rápidamente obviamos lo que tenemos asegurado, empezando por obviar, precisamente, a quien tenemos delante mientras hablamos.

Como no vivimos en Gaza, ni en Liberia, ni en Etiopia, ni en Groenlandia, olvidamos lo importante que es poder dormir sin el miedo a que un proyectil derribe tu casa, sin el miedo a que cada dolor de cabeza corresponda a un virus mortífero, sin el miedo a que te secuestren los narcos. Llegamos a final de mes, tenemos casa, oficio, familia, espacio, tranquilidad.

Dormimos en un colchón, ponemos nuestro aire acondicionado o la calefacción y despreciamos el agua fría que sale del grifo hasta que alcanza la temperatura que preferimos para la ducha. Y pintamos la casa o le ponemos un toldo, cambiamos los cuadros de sitio y pasamos una tarde entera eligiendo los cojines nuevos del sofá.

Comer y beber, el resto es divertirse. Porque ya damos por supuesto todo lo que olvidamos que tenemos. Te decía yo, que también existe una necesidad estética, de rodearnos de un entorno material que nos agrade. Pero más importante todavía es la necesidad ética de ser los buenos de nuestra película.

Me salen más necesidades. Si no tenemos a quién contárselas, se nos olvidan las cosas, nos pasa por encima lo vivido sin pena ni gloria. Por eso necesitamos memoria, aunque siempre se nos olvida que hay un alguien ahí, que nos escucha o nos lee.

La última necesidad que propongo, no sé si es general o sólo de mi película. Necesitamos expectativas, planes, sueños; la inconsciencia de creer que mañana no será el último día para contrarrestar la indolencia de saber que todo acaba, que todo cansa.

Me preguntaste una tarde que qué espero de la vida. Comer, beber, divertirme, por supuesto. Pero también espero que me permita, antes de que sea demasiado tarde, aprender a hablarte como te escribo. Porque si no tenemos a quién contarle las cosas, los sueños, la parte de la vida que nos toca, se nos olvida quiénes somos, que estamos vivos, que alguna vez alguien, algo, nos rozó.

Comer, beber, divertirse. Pero también, y sobre todo, desear lo que no tenemos, lo que hemos perdido, lo que nunca conseguiremos encontrar.

En contra del olvido
Si el tiempo en la memoria no muriese
tan lento y torturado, disponiendo
por tanto una manera melancólica
de volver al pasado y de sentirlo
no como un algo muerto, sino siempre
a punto de morir y siempre herido
-y renacido siempre, y de tiniebla.

Si el tiempo, en fin, tuviese potestad
para borrar su estela de memoria,
para enterrar sin daño los recuerdos
en vez de darles rango de abstracción
-y en las tardes vacías recordar;
con algo de tahúr y algo de mago,
lo que ya sólo es ficción del tiempo
como un viento lejano, un eco frío.

Si todo fuese así, si en el pasado
no fuera uno la estatua de sí mismo
en una plaza oscura y sin palomas
o el actor secundario de una obra
retirada de escena, me pregunto
qué sería -imagina- de nosotros,
que sellamos un pacto tan antiguo
como el color del aire en la mañana.

Qué habría de ser entonces, sin memoria,
de nosotros, que hacemos renacer
al juntar nuestras manos esta noche
tantas noches y lunas y ciudades
y tembloroso mar de las estrellas.

(Felipe Benítez Reyes)

Podría perfectamente suprimirte de mi vida,
no contestar tus llamadas, no abrirte la puerta de la casa,
no pensarte, no desearte,
no buscarte en ningún lugar común y no volver a verte,
circular por calles por donde sé que no pasas,
eliminar de mi memoria cada instante que hemos compartido,
cada recuerdo de tu recuerdo,
olvidar tu cara hasta ser capaz de no reconocerte,
responder con evasivas cuando me pregunten por ti
y hacer como si no hubieras existido nunca.

Pero te amo.
(Darío Jaramillo Agudelo)