Encrucijada

Encrucijada
Qué hacer de nuevo con las manos,
cómo deshacerse del temblor.

A dónde dirigir los ojos
para no ver rotos los sueños.

Como sobrevivir a la hora de los teléfonos,
al impacto de los timbres,
a la hecatombe de las teclas.

¿Hay alguien ahí fuera
que me explique el modo de pensar sin memoria?
Cómo escribir sin mencionar el hueco,
sin asomarse al vértigo,
dónde habitar sin que acechen las sombras.

Qué camino empezar que no se tuerza,
que no acabe en círculos,
que no conduzca a Roma.

¿Cómo encontrar la piedra
con la que tropezar de nuevo?
A dónde huir del deseo,
en dónde refugiarse de los aromas.

Para qué cambiar una soledad por otra.

Cómo quitarse las manchas de otoño
de los labios.

Dónde comprar otra vida,
dónde alquilar otro invierno.

Para qué salir del laberinto,
cómo bajar la cuesta del olvido,
qué decirle al espejo.

¿Qué hago ahora conmigo?

No sobran las palabras

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Ella ya lo sabía. Ya conocía todas las manías que después mataron el afecto. Luego aparecen por sorpresa y parece que nunca estuvieron ahí. Pero sí, saltaban a la vista y nos las sabíamos de memoria.

Pero no sabemos calcular el desgaste, no conseguimos entender lo que nos ocurre cuando se domestica el estupor. No ajustamos bien las cuentas que se establecen entre las felicidades pasajeras y el martillo pilón de la rutina.

En el fondo, es que sólo creemos merecer lo bueno. Lo malo siempre es culpa de otros. Y que todo cansa. Y cansa del todo.

Eso que hace que nos amemos, se irá diluyendo entre los capítulos de la novela en la que estamos de prestado. Y aquello por lo que nos odiaremos, ya lo hemos conocido. No hay sorpresas que esperar, excepto la de cuando pesará más el otro lado de la balanza.

Si miramos el final, no vale la pena empezar nada. Aunque, si no se tiene nada empezado, la vida nos pasa por encima.

Queda la palabra. Nunca sobran, pero no, no bastan.

Verte riendo bajo la lluvia púrpura

La ciencia lo explica todo. Desde la adquisición del lenguaje hasta la lenta destrucción de la identidad que nos regala el Alzheimer. La gravedad y el magnetismo, el paso de las estaciones y las fases de la luna. La percepción sentimental de la brisa, el frío sordo de los campos de nieve y las longitudes de onda de la música.

Explica la geometría púrpura de tu sexo, la arquitectura perfecta y púrpura de una noche de abril a la hora del deseo y el color púrpura de la lluvia.

Su bisturí disecciona la vida, la enfermedad y la muerte, con tanta parsimonia y exactitud que produce escalofríos. Nos ilustra sobre esquizofrenias, alucinaciones y visiones ascéticas. Y esclarece la composición neuroquímica que desencadena el amor y el deseo.

Soy consciente de que mi ejército de queratocitos, distribuidos por todo el cuerpo, aún aguarda expectante tus manos. Que hierven miles de terminaciones nerviosas aferentes como cuando, con un dedo, recorrías mi cuello hacia los labios.

Ya puedo notar que mis células de Merckel están echando humo por entre los microblastos y que el colágeno que aún me queda, un milímetro más abajo del paso de tus dedos por mi nuca, se estira hacia el rastro que me dejaste en los rizomas de Paccini.

Todos mis corpúsculos de Meissner se han erizado a la vez, orientándose hacia otra piel que cada vez deseo más cerca. El hipocampo me empuja a recordar que esas son tus feromonas y que están clasificadas en la cúspide del placer.

Por eso sonríe el hipotálamo cuando envía la orden precisa por la corriente sanguínea. Mi cuerpo entonces lucha entre relajación y forzamiento, entre sueño y memoria, entre misticismo y carnalidad. Las endorfinas fluyen en oleadas que derriban las murallas que levanta el inconsciente.

La ciencia dice explicarlo todo. Todo sobre todo. Todo sobre el amor y sobre el deseo. Sin embargo, no consigo que me explique cual de ellas es la causa y cual el efecto.

Necesito que la ciencia me aclare por qué escribo a máquina en la electrónica de este papel las cosas que desearía grabar para siempre, y a mano, en la memoria infinita de tu piel.

Y que me revele la diferencia, si es que hay alguna al respecto, entre sufrir por quedarse e irse sufriendo, si yo nunca quise causarte ninguna tristeza. Sino verte riendo bajo la lluvia púrpura.

Abrazos

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ABRAZOS

Hay abrazos que tienen el sonido estridente del hielo al fundirse. O el rumor sordo de corazones en diástole sostenida. Un vuelo corto rasante, de pájaros que abren las alas buscando el abrigo de una certidumbre cercana.

Hay abrazos fugaces que duran para siempre en la memoria imborrable de la piel. Y dejan marcadas huellas transparentes en todos los poros que el destino nos lanza y una armadura resistente a las tristezas nos envuelve, dejando sólo el resquicio imprescindible para echar de menos los brazos que nos rodearon.

Se hace imposible olvidar el pecho que nos albergó, el aire exhalado que nos rozó el rostro como caricia súbita y deliciosa. Sentirse traspasado por otros brazos, es la llave que abre la puerta del universo y nos permite desenredar la soledad que transportamos a cuestas.

Un abrazo es una trampa dulce que deja secuelas imperecederas. Un vacío extenso, un tatuaje transparente. Una sensación absurda de corpiño, chaleco y bufanda. Clausurar los ojos a la luz para intentar, en vano, detener el tiempo en el momento en que el mundo se hace de nuestra medida.

Viento fue tu cintura sobre el pájaro de mis manos. Olas de tu pecho enredando la marea y ruido de caracolas atronando en el silencio. El hilo que nos unía se llenó de nudos marineros y tensó las lágrimas impacientes de un adiós que señalaba, perpendicular y sofocante, los hombros sutiles del espejo.

Hay abrazos, tú lo sabes, que no deberían acabarse nunca.

Por septiembre

Por septiembre…
Por septiembre
se te llenan de sótanos los labios
y es relativo el cielo
después de haberte visto preguntarle a la vida.

Pero también el cielo,
arrugado y preciso
como tu cazadora adolescente,
quiere estar entreabierto,
brillar recién amado,
descansando en la hierba
el peso de su larga cabellera de nubes.

Por septiembre
se te llenan de humo los síes en la boca.

(Luís García Montero)

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