Silencio

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Silencio
Este silencio es el de la sorpresa,
ese que nadie invita. El silencio
de una señorita que te hace una encuesta por teléfono,
el silencio de quien se asombra
de que no conozcas una página web que él visita.

Este silencio inopinado
es el regalo que no te entregan,
el correo que no se responde por pereza,
el del buzón en el se guarecen
las facturas enjauladas. Este silencio
es el de las canciones que susurran
un idioma que no comprendes, el silencio
del viento en la cara mientras miras la noche
y el del humo que sella los labios.

Este silencio
es el de la tarde que se endulza,
poco a poco, sobre un cielo raso.

El silencio de un sótano
abarrotado de nadas voluminosas y adornado
con aquellos algos que permanecen
marchitos de tiempo y de polvo.

Este silencio difuso es
también
un silencio concreto, donde
los otros silencios se diluyen y se mezclan
hasta formar
el estupor inhóspito con que uno
se unta las esquinas del corazón
para sobrevivir al insomnio.

Este silencio es un silencio
que no se cuenta, ese que recoge
y deglute a bocanadas aquellos verbos
que quisimos decir y no pudimos;
o, lo que es peor, verbos
que no supimos conjugar a tiempo y escondimos,
como si todo estuviera ya dicho
y ni siquiera nos quedara la palabra.

Strangers in the night

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Strangers in the night
Qué extraña costumbre ésta,
la de tener los labios cuadrados
y las palabras sordas.

Como extraño es el hábito
de mirar a las pantallas planas
buscando en ellas un olor,
una pisada, una mancha de carmín.

Mi vida es extraña
desde que me deshice en palabras,
desde que me confundí
entre las líneas de un mapa
que no lleva a ninguna parte,
desde que mi injerto en los renglones
floreció hacia el lado oscuro
de la existencia.
Los libros
me miran extrañados, me juzgan
murmurando entre esas hojas afiladas suyas
que nunca habitaré.

Mi vida es extraña
desde que me puse a los pies de los milagros,
desde que cambié el centro de mi gravedad
por la levedad de un equilibrio,
desde que dejé de leer en el casco antiguo
y me puse a escribir en la periferia.

Soporto bien, ya no es problema,
porque la mansa costumbre
ha domesticado al monstruo,
la esclavitud de mirar siempre a lo lejos,
la ingrata manía de estar continuamente
en otro lado.

Qué extraña costumbre
la de buscar entre los surcos del teclado
la semillas invisibles de algún poema.

Nunca la miro a los ojos,
pero sé que la televisión me lanza
su odio catódico,
su ira digital y su desprecio terrestre
mientras ceno a la luz de los telediarios.

Es extraña mi vida.

Y no encuentro a quién contarla
-ni sabría por dónde empezar.

Qué extraña costumbre ésta,
la de dejarla por las noches para vosotros,
strangers in the night,
aquí escrita.

La noche entre paréntesis (y otros prodigios)

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Prodigios
Algunas veces, el universo cabe
en la palma de la mano
y al cerrarla, para que no escape,
la encontramos llena de otras manos.

A ratos, sin previo aviso,
el mundo hace un alto en el ángulo preciso
para anunciar el tiempo de los abrazos
y raramente, pero sucede,
consiguen escapar vivos
los sueños después de alcanzados.

Algunas tardes creo
que son posibles todos los milagros;
incluso, que de vez en cuando la vida,
esta misma vida que nos separa,
me bese en la boca
con tus labios.

Abominario navideño

Abomino los fastos que se expenden como si fuesen una cura contra la pobreza, abomino esa felicidad de mercadería que se lanza envuelta en frases conmovedoras de temporada.

Detesto el derroche de luces que no consigue ocultar las miserias. Odio la palabra “libre” cuando se deja pisar por un anuncio publicitario. Abomino la alegría y el dolor convertidos en espectáculo televisivo. Me revientan los telediarios que se dedican con voz afectada a las matanzas ajenas mientras pasan de puntillas por las escabechinas propias.

Abomino también a quienes esconden la cabeza en alguna tristeza para no ver las luces, como abomino a quienes esconden la cabeza en las luces para no ver la tristeza.

Abomino a quienes ya lo sabían y pudieron dormir a pierna suelta. No soporto a los que resumen el amor y la familia en una comida o en una noche, por buena que sea.

Me dan dentera los finales felices de las películas, especialmente esas en las que los malos acaban haciendo algo bueno y parece que no hay más cojones que perdonarles las putadas anteriores. 

Desprecio profundamente a aquellos que cuando piensan en un regalo, sólo consiguen imaginarse un algo que se compra.

Detesto, en fin, a todas esas personas de buena voluntad a las que siempre hay que suponérsela. Quizás esta noche, precisamente por eso, me deteste también a mí mismo.

QUÉ EXTRAÑA TODA ESA GENTE
Qué extraña toda esa gente.

Llenan los comercios, las calles, las oficinas,
amables, bien vestidos, sonrientes.

Qué extraña toda esa gente
a la que el corazón sólo obliga
a dejar de fumar y
hacer ejercicio moderado.

(Ángeles Carbajal, La sombra de otros días)

Noel

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Noel

El tipo gordo no, ese no. Ni aunque me lo quieran pintar con barbas de quita y pon, ni por mucho que entienda de chimeneas, no.

Que si los renos, que si los duendes, que si el trineo. No, a mí no me la van a dar con queso, no. A pesar de que me amenacen con que no haya regalos, ni que intenten asustarme con que todo lo ve, no. Yo no creo en Santa Klaus, por mucho que cante Luis Miguel con sus dientes blancos que llegó a la ciudad.

En los reyes magos, bueno, tal vez crea un poco. Más que nada, por complacer al niño que llevo dentro, porque prefiero los camellos a los renos, porque tiran a dar con los caramelos en las cabalgatas.

Pero tampoco es que crea del todo, que no me fío de los carteros que no llaman dos veces, que eso de que son «reyes» habría que verlo, que mira que ir detrás de una estrella… Bueno, eso sí, eso sí que me lo creo, porque alguna vez, yo mismo, he ido en pos de alguna, incluso de día, que es aún peor.

Pero lo de los pajes, los sacos de juguetes y que haya que dejarles algo de beber a los camellos, eso son bobadas. ¿Cómo van a estar en todas partes a la vez, en todas las cabalgatas, en todas las tiendas, en todas las casas? ¡Pamplinas!

Aunque la historia es muy bonita, un niño que nace, un río, ovejitas, pastorcillos que decoran muy bien el paisaje… No, si la historia es bonita, y eso de perseguir estrellas, ahora que recuerdo, fue precioso… Pero vamos, vamos, hay que dejarse de rollos. ¡Qué no!

Ni Santa Klaus, ni Reyes Magos, ni las tiendas de Hipercor, no se puede ser tan crédulo. Aunque, y eso es cierto, quien no cree en algo, no escapa de tener una creencia, que, al fin y al cabo, es tan increíble como cualquier otra. No creer, también es creer.

Y por eso, yo, ya sólo creo en Mamá Noel, porque es de carne y hueso. ¡Qué bien le sienta el rojo sobre el blanco! ¡Qué sensación la de ir escuchando las pisadas de sus botas de tacón! ¡Qué bien puesto el cinturón y, sin embargo, con qué facilidad se desata!

Ni reyes, ni santa, yo sólo creo en Mamá Noel. Y el único deseo que le pido, el único que se le puede pedir y espera que te lo conceda, es que venga, y que al venir convierta cualquier noche en Nochebuena y que cuando uno se despierte, en mitad del calendario, encuentre ese suave perfume a Navidad que dejan los caramelos de la piel sobre las sábanas.

Y que cuando venga, se deje de ventanas ni de chimeneas. Prefiero que toque al timbre.

Viaje interior

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Viaje interior
Estar más solo en el trayecto, llegar con prisa,
hacer acopio de colores y de piedras,
vivir en las líneas de un mapa,
seguir los pasos de los otros.

Habitarse uno mismo en paredes extrañas.

Viajar en ruinas hacia otras ruinas
encontrando sinsabores en la intemperie,
comprobar que todo se corrompe
y que nada perdura sino las palabras.

Porque son los mismos ojos los que miran el mundo,
los mismos pies cansados, las mismas pisadas,
por debajo de la piel de la geografía
el mundo que visito nunca cambia.

Tengo problemas para salir de mí mismo.

Allá donde esté
siempre hay un aquí y una nostalgia.

Cuando viajo en sueños nunca te pido
despertar en habitaciones separadas.