Falta de vocabulario

(Escenas de la película — Still Life)

Falta de vocabulario

Comencé una caricia el jueves por la tarde

JOSÉ CARLOS ROSALES

Qué ternura, o quizás no sea la palabra,
discutir sobre colores por teléfono,
planear la vida próxima, el siguiente agua,
rodar entrelazados sobre un texto
como si fuese una suave cuesta
o una cama,
caminar sin rumbo por la casa
buscando el rincón donde sentirse más cercanos,
mirar al infinito mientras se le habla
a las paredes.

Quizás ternura no sea la palabra
y haya que inventar un gesto alternativo,
un color luminoso, una nota musical nueva,
otro concepto de silencio.

Qué ternura, aunque quizás no sea la palabra,
combatir el frío de las noches
rozando espalda contra espalda,
bendecir alguna tarde desastrosa
con una caricia tuya impúdica y osada,
pulsar con locura el timbre de la alegría
y aparcar el mundo en el cruce de un beso
con la calle Ganivet.

Si al final resulta
que ternura no ha sido nunca la palabra,
perdóname esta falta mía de vocabulario
a la que tengo que agradecerle
que te vayas dejando enredar
en la médula de los poemas,
sobre el corazón de la memoria,
en el centro de mi vida.


CARICIAS CRUZADAS
Comencé una caricia el jueves por la tarde,
pero sonó el teléfono, llamaron a la puerta,
la caricia se quedó aplazada.

También otras caricias quedaron en suspenso
para seguir más tarde, después, al día siguiente:
las caricias se enredan, las que están acabando
con las que empiezan hoy, aquellas que se alargan
ocupando semanas con aquellas que duran
décimas de segundo.

Contigo las caricias empiezan, no se agotan,
nunca acaban, parecen
conversaciones que se cruzan,
palabras que nos llevan.

(José Carlos Rosales, Poemas a Milena, 2010)

Perfecta

Perfecta

De sobra sé que no es perfecta, que nada lo es. ¿Y qué importa? El ideal no existe; y si existe no me llega, no me hace temblar, no me conmueve.

Si supiera, si tuviese el don de esculpirla de la nada, no encontraría el modo de mejorarla con estas manos mías, con estos ojos propios, con este corazón envejecido y envalentonado.

Yo también soy mis errores, mis manos torpes, mi cuerpo moldeado por los genes y la pereza. Y estoy tan hecho de sueños como de fracasos, con tanto entusiasmo como decepción.

Aquí aparezco, tal vez, como si supiera de lo que hablo, como si todo rodara suavemente por una cuesta ligera y las palabras surgieran solas, seguidas, en una misma secuencia de plano contraplano.

Pero es pura coquetería la de ocultar los lunares de la espalda, el pellizco ansioso de una tarde de domingo y el asqueroso vicio de fumar a deshoras. Coquetería necesaria, pero que no me engaña. De sobra sé que no soy perfecto… ¿y qué importa?

Y como yo no lo soy, ella no puede serlo. Su imperfección no es un defecto, sino eso, exactamente eso que hace que ella sea como es. Eso que tanto me gusta.

Mariposas en el estómago

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Mariposas en el estómago

Soñar despierto, padecer alguna enfermedad benigna que se aloja en el alma para dejarla mullida y tenue. Enamorarse o, tal vez, inventarse un yo mejor que ese de todos los días cuando va espantándose de los espejos.

El mundo da una tregua breve de mediodía, alborotada sólo por las chicharras. A veces, todos los asistentes dejan su cargo a disposición del olvido, se ponen el corazón en la boca y besan con palabras nuevas, recién aprendidas.

Cada uno pone su pasado sobre la tierra que hay debajo de los pinos y esparcen, como si estuvieran hablando sólos, la longitud de un pensamiento que se comparte despacio: cambiar o ser el mismo, moverse o mover el mundo, hacerse otro o continuar la inercia de permanecer siempre en el mismo sitio. Dieciséis años ya eran muchos al principio. Cuarenta y siete, al final, no fueron tantos.

Y entonces sentí mariposas en el estómago. Tal vez soñar despierto, tal vez lo benigno y lo enfermo de sentirse entendido, tal vez acicalarse delante de esos ojos que se miran en ti como en un espejo.

Él tenía la cámara y fotografió el momento. Ese momento en que habíamos dejado de ser parientes cercanos para expandimos más allá, mucho más cerca, donde sólo el afecto puede conducir a los seres humanos.

El instante se esfumó en el aire, como una mariposa que agita sus alas en busca de otra sombra de julio. Quién sabe del caos y si tal vez aquella tarde llovió sobre Nueva York.

Pero a mí me quedaron mariposas en el estómago, las gafas de sol desatendidas sobre el pecho y una camiseta que me respiraba muy bajito, ocultando la anchura nueva de mi corazón antiguo.

Mírate

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Mírate en mis ojos

Mírate en mis ojos, déjame mirarme en los tuyos.

Al fin y al cabo, nadie sabe quién es hasta que los demás no se lo dicen. Porque los ojos de los demás son el espejo en el que nos conocemos, en el que nos mentimos tan bien que casi parecemos de verdad.

Todo es reflejo, espejismo, apariencia. La única verdad es el diafragma en donde la luz se queda atrapada y el corazón de las personas es la más potente retina que sabe revelar lo profundo. Lo verdaderamente importante es transparente a nuestros ojos.

Haz fotos, encuadra y observa el mundo con ellas, deja rastro, pon tu mirada en lo pequeño. Pero cuando te canses de espejos, cuando quieras verte por dentro, amor mío, mírate en mis ojos.

Y deja que me mire en los tuyos si llega ese día en el que nadie me conozca. Guárdame ese secreto en tus ojos, invéntame frágil y tierno, como yo te guardo en los míos.

Así ya no tendré miedo a que lleguen, porque tienen que llegar, los tiempos fugaces de la desmemoria y las eternidades del último olvido, cuando ya nadie me pueda mirar.

Joy

¿Tú te acuerdas de la fábula de la lechera?

Pues que tropezó y se le cayó el cántaro, ese que tanto va a la fuente, supongo.

Bueno, pero Jennifer luego cogió otro y se le volvió a romper… y así sucesivamente hasta que al guionista empezó a dolerle la espalda y decidió inventarse el final de una película de anime.

¡Pobrecitos los personajes de un cortometraje interesante cuando un malvado productor los suelta dentro de un film de dos horas para lucimiento de una estrella! Se quedan en monigotes, dicho sea con todo respeto hacia los monigoteros.

Tópicos, clichés, la vida en blanco y negro. Hay divorciados que se odian y divorciados que se quieren, fontaneros de Haiti con una exquisita educación internacional, magnates de la televisión con un corazón que no les cabe en el pecho. Y malvados trapisondistas que quieren arrebatarte tu creación. ¿Será verdad que todos los habitantes de Dallas llevan sombrero y corbatilla a lo J.R.?

No voy a desvelar el final, pero es que ella está tan guapa, tan radiante, tan chica en llamas de los juegos del hambre que uno se deslumbra y ya no importa que lo que acaba de suceder en la habitación de un hotelucho sólo le falta que suene de fondo una canción de Verónica Castro.

¿Y qué decir de las cuatro preguntas? ¿Te cambias todos los días de calcetines? ¿Sí? Entonces llegarás lejos.

El personaje de Lawrence es el único desarrollado con un poco de meticulosidad, es lo único que sale de la pantalla y consigue conmoverte an algunos momentos.

Con todo, bien surtido de palomitas y con alguna bebida refrescante, sentado cómodamente en un cine, la peli se deja ver. Se deja ver  y te deja tiempo para mirar el móvil para contestar los mensajes y mirar lo que han subido al face tus amigos.

Un consejo: no lleves al cine el detector de óscars, porque lo único que vas a conseguir es gastarle la batería. Mira la historia como si fuera un cuento de Disney, pasa un rato agradable y no le des más vueltas al tarro.

Que sí, que De Niro está como siempre, estupendo. Pero es que el papel que le han dado es de estraza…

No sabía cuándo

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No sabía cuándo

Me he dado cuenta esta mañana. Estaba seguro de que vendría, pero no sabía cuándo.

Lo sé por el modo que tienen las palabras de salirme cojeando de las teclas, por ese eco raro que me suena al final de cada frase. Lo sé por el murmullo sordo que no me deja en paz los pensamientos.

Ya lo sospechaba desde hace tiempo. Es la tristeza. Una tristeza ondulada y viscosa que no deja de gotear por el grifo de la cocina, que descarga la batería de los teléfonos, que baja la temperatura del cuerpo por debajo de las sábanas.

No tiene que ver con las ausencias, porque no son nuevas, porque ya estaban antes y, en los cojines del sofá, aún permanece su forma marcada. Pero la tristeza engorda todo y engorda las ausencias y convierte en túnel la señal parduzca que queda en las paredes cuando se quita un cuadro.

Tampoco es el rojo de los números que resulta de los balances, cuando nos damos cuenta de que lo único que querríamos ganar es lo que hemos dado por perdido. Entonces la tristeza engorda todo y engorda la merma y las rebajas hasta que ya no encontramos abrazos de nuestra talla.

Claro, que también ayuda el cambio de costumbres, cuando no sabes en que bolsillo tienes que guardar las manos que se te quedan frías al notar cómo tropieza el calendario con esas inciertas horas de ciertos días, y la noches parecen más silenciosas y más estrechas. Pero es que, además, la tristeza lo engorda todo y engorda la monotonía hasta que parecen nacer ya gastados los minutos que van pariendo los relojes de la tarde.

Es la tristeza la que me trae otro insomnio más, el mismo viejo insomnio, el antiguo compañero de palabras que no me deja dormir a tiempo completo en el lado izquierdo de la cama. Pero es que la tristeza engorda todo y engorda el insomnio hasta que ya no me permite soñar ni tan siquiera despierto.

La tristeza todo lo engorda. Tres kilos al mes. Me he dado cuenta esta mañana.

Estaba seguro de que vendría, imaginaba el cómo. Temía el porqué. Lo que no sabía, ni quería saber, era cuándo.

Huracán
¿Cuál es la gota exacta
que colma el vaso,
la palabra que agota la paciencia?
Puedes decir que sí durante años
negándote a ti mismo
y al final decir no,
afirmativamente.

Vendrá el dolor entonces,
pues nada hiere tanto como la soledad
ni hay huracán tan fiero
como el que nace de los monosílabos.

(Javier Bozalongo)