Fábula

En un claro del bosque de las dudas, allá donde la noche se estrecha y cabe en un punto y seguido, debajo de la luna que nos mira a los ojos insomnes y brillantes, justo en el momento en que todos los sueños nacen equidistantes, la rana tomó la palabra y dijo:
-—No te asomes adentro sin mirarme antes por fuera. Acércate a mí por lo que puedo ser, pero no ignores lo que soy. No esperes golpes de suerte, no me vendas sortilegios extraños, no busques en mí más magia que la que tú traigas en las manos -—tomó aire para seguir croando y continuó-—. Y si aún así esperas rescatarme del mundo de los sueños, no pongas toda tu fe en un beso, ni tu corazón en un instante, sino en mí.

Mirando alrededor, hizo un largo silencio que sólo rompió para añadir en un tono inquieto:
-—Se nos hace tarde muchacho… ¿Y si vamos procediendo?
Después de oír aquello, no quedaron palabras que decir y nadie sabe con certeza si hubo beso. Yo sólo sé que sucedió después el gran milagro de que ella, encantada, no dejara de ser rana y él, precisamente por eso, siguiera siendo sapo.

Aunque no duren lo suficiente como para creer en ellos, existen los milagros. Los milagros existen cuando se entiende que no hay ninguna felicidad tan pequeña que pueda pasarse por alto. Ni siquiera, pues, tampoco, ésta verde de los batracios.

Después, quién sabe. Porque, qué importa que todo acabe, si ya sabemos de sobra que, lo que no nos gusta, nunca nos decepciona. Luego vendría un sí, o un no. Y más tarde, seguramente, amaneció.

Reciclar

Tus monsergas eran la sal de la vida. Disfrutaba con tus juegos, con tus idas y venidas, con tu espíritu aventurero. Mi corazón inquieto saltaba de alegría con tus pesquisas de juguete envueltas en palabras tiernas.

Las dudas más bellas me florecieron en tus labios cuando intentaba adivinar el porcentaje de verdad con el que me estaban hablando. Me dabas la lata con tus preguntas —o por lo menos, eso decías—, que eran telepatía de travesuras con respuestas numeradas.

Me dabas la lata con hechizos, a la hora de la luna, con bebedizos de palabras que encendían sin esfuerzo todos mis motores. Me dabas la lata y la vida, de día y de noche, entre sonrisas de niña y sonrojos de pasión.

¡Qué lástima, corazón! ¡Cómo te echo de menos desde que reciclas!

Pequeñas mentiras sin importancia

 Nadie es suficiente para ser el centro de una vida que no sea la propia. Nadie es suficiente, pero todos somos útiles. Y puede que algunos sean necesarios, los menos.

Cuando me envías señales, cuando me echas de menos, apenas puedo conciliar dos sentimientos contrarios, muy contrarios.

Hay una parte de alegría en el hecho de parecer necesario, una alegría que linda con la soberbia y con el amor propio. Un estado de ánimo positivo al saber que las huellas que nos vamos dejando consciente o inconscientemente, no se borran con la facilidad de un paisaje o con el hielo de un vaso.

También en mí ocurre lo mismo, si es que es lo mismo lo que se nombra igual. Sea cual sea el escenario, los actores, el guión de la rutina o del espectáculo, yo siempre te añado. A veces con tanta fuerza que, pasado el tiempo, cuando la memoria se descuida, no consigo recordar si hablé contigo o con tu ausencia. Y me extraña que tú no recuerdes lo ocurrido y luego me sorprende que me extrañe.

Pero hay otra parte contraria. Una desazón que se acumula conforme voy descubriendo que uno se acostumbra a echar de menos a otro. Un miedo a que, precisamente eso, sea el punto de partida del olvido. Porque en eso consiste olvidar, en acostumbrarse a la ausencia y seguir viviendo.

Acostumbrarse nos deja respirar, porque no se puede vivir sin aliento, sin un espacio en que la velocidad del mundo aminore y deje de atenazarnos el vértigo. Acostumbrarse permite que la vida siga, cosa que haría de todos modos, pero nos deja que sigamos en ella.

Sin embargo, las costumbres no nos mueven, sino lo contrario, nos anestesian, nos atan a las rutinas, nos cierran las ventanas. Aquello que no nos remueve, no está vivo, no es cierto: solo son pequeñas mentiras sin importancia que necesitamos para no sucumbir.

Una vez te dije que cambiaría tu vida de puertas para adentro. Otra pequeña mentira sin importancia que te pido que me perdones. Era un propósito verdadero, un modo de ponerle palabras a un sueño. Un exceso de confianza en mis sentimientos y en mi capacidad.

Pero no. La única persona que puede cambiar tu vida por dentro, eres tú. Yo nunca seré suficiente, sólo puedo querer estar allí para ayudarte en el combate que nunca termina, para que no sientas la soledad contra molinos o para acercarte agua entre batallas.

A pesar de que ahora ya sé que son pequeñas mentiras sin importancia, déjame decirte que cada vez encuentro formas más perversas de echarte de menos. Supongo que lo hago para intentar encontrar el improbable equilibrio entre acostumbrarme y no.

Invocación

INVOCACIÓN AL AMOR PARA QUE SE SIENTE CONMIGO FRENTE A LA CHIMENEA
Ven conmigo
a este lugar donde el invierno se deshace,
al tiempo en que los troncos se rozan
y, la misma llama que luego todo
lo convertirá en cenizas,
baila juguetona con el aire.

No temas al humo, lánzate,
que las ascuas se derritan por tus labios
permitiendo a los sueños incendiarse,
que también el paraíso nos abre sus puertas,
aunque lleguemos tiritando
desde el filo de un desastre.