Firme aquí

Y un tres de mayo, tal como hoy, se me ocurrió registrar mis renglones cortitos en la oficina oportuna. No sé si un ataque de vanidad o una manera de darlos por terminados y dejarlos descansar por fin.

Hacia allí me encaminé -con mis palabras encuadernadas por triplicado- a una hora relativamente decente. Reconozco, aunque ahora me parece un poco infantil aquel pellizco, que iba nervioso y muy  emocionado.

Al final, por supuesto, hubo tasas y hubo sello.

También recuerdo muy claramente, aunque ahora me parece un poco infantil aquel pellizco, que ese día nadie me besó.

Firme aquí
Firme aquí,
por las dos caras
-y yo que pensaba
que todo tiene su cruz-,
el documento de haber
pagado las tasas,
dos grapas.

Cientos de espirales
retorciéndose en una caja,
millones de palabras
desperdiciadas en tinta,
horas aprisionadas
entre cartones y polvo.

Supongo que tú
estarías a esa hora en tu casa.

¡Si me hubieras visto!
Tan autor de nada
-quizá de algún sueño
roto, quizá autor de ese otro
que quisiera llegar a ser-,
tan día de la Cruz,
tan en Granada.

Me noto con un nombre más viejo
que alimenta palomas informáticas
en un banco de papel.

Planto niños que escriben árboles
y cumplo con la parafernalia
de parir un libro.

Me noto con un nombre más viejo
jubilándose de aquello
que nunca fue.

Francisco José.

¡Qué raro me siento
con este nombre tan viejo!
¡Qué silencio de oficina
suena ahora en las teclas
mientras las pulso!
Siento el dolor de mi pobre anónimo
que ahora agoniza oculto
aplastado por un sello.

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EL GUARDADOR DE REBAÑOS
Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.

Y no estoy alegre ni triste.

Ése es el destino de los versos.

Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos.

He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,
y yo siento pena sin querer,
igual que un dolor en el cuerpo.

¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?
Flor, me cogió el destino para los ojos.

Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.

Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.

Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.

¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.

Se marchita la flor y su polvo dura siempre.

Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la
que fue suya.

Paso y me quedo, como el Universo.

(Fernando Pessoa)

En abril también llueve

Cuando las curvas se mojan
los papeles se arrugan como flores ajadas
y la tinta se corrompe en los arcenes.

En abril también llueve, a mares,
sobre el círculo de los naufragios
y los barcos de la memoria aguantan en vano
un corazón escorado sobre cuerpos verticales.

Sé de los surcos con olor a fecha quemada
que los frenazos de los coches van dejando
en los aparcamientos donde se aman,
frenazos como ladridos o como dentelladas,
como rumores de un sueño legionario
que defiende teléfonos y ventanas.

La foto antigua del espejo recién afeitado
me resalta la tersura con que están marcando mi rostro
los tiempos que nunca llegan
y las cosas que todavía no han sucedido.

Por la condena del ruido rabioso
con que la campana extractora me juzga,
ya no oigo si en abril también llueve
o es que alguien llora, de una en una,
lágrimas como pétalos de la margarita
que plantamos juntos en septiembre.

Día del libro

Fahrenheit 451

El viejo seguiría en el mar y Robinsón Crusoe no habría zarpado. El último mohicano, digo yo que habría podido adelantar algún puesto; John Smith no sabría de mapas extraños y el Aleph aún sería, únicamente, la letra de un alfabeto.

Los cinco podrían haber sido cuatro y terminar emparejados, Harry Potter podría disfrutar de un instituto muggle con la cara llena de granos. Laputa sería el nombre de un garito de alterne, Zaratustra una marca de embutido y el Buscón hubiera podido, por fin, encontrar lo buscado.

Mafalda y Peter Pan estaría ahora más creciditos. Los tres cerditos, tal vez, habrían acabado en un estofado o serían los cocineros de algún restaurante vegetariano. Cenicienta sería libre para comprar electrodomésticos, Bella Durmiente tomaría pastillas para dormir al oír el jolgorio que se traen los enanos y Bestia, profundo y reflexivo, quizás quisiera plantearse seriamente salir del armario.

La Nana de la Cebolla se estaría pochando en una sartén. Penélope no habría tenido que tejer y estaría en el andén esperando que la cantara el Nano. Ariadna sería una chica bien y el Minotauro tendría un chalet en las afueras de palacio.

A Don Quijote no le habría sorbido el seso nadie y viviría felizmente su vida anodina hasta morirse de viejo. Hamlet y Otelo no tendrían ni dudas ni celos. Y, por supuesto, la Historia Interminable, ni siquiera habría empezado.

Ni yo tendría, como tengo, la cabeza llena de pájaros, los ojos manchados de tinta y un corazón escuálido, que deja que se le derramen versos tontos por las comisuras de los labios.

Nombre

Lo inolvidable no tiene fecha ni hora. Es, más bien, una sensación conocida y perturbadora que te devuelve, de repente y sin aviso, el detalle minucioso y exacto de lo vivido.

Por eso es que aún siento, entre mis dientes, el nudo de aquel collar; tu pulso acelerado que me late por dentro, el aroma dulce de tu cuerpo que se enreda en todas las brisas y tu voz, entrecortada, que me parte en dos la respiración contenida.

Noto tu pelo enredado en mis manos y tus ojos cálidos ardiendo en los míos con esa luz mágica, la que le da a la vida el color de los sueños, que vuelve a salir de ti cuando los cierro.

Lo inolvidable no tiene hora, ni día, porque no sucede ni caduca. Deja de ser recuerdo, ni olvido, ni sueño, ni sombra de duda, para formar parte de la verdad desnuda e indivisible de uno mismo. Y ya nada consiste en acertar con las fechas, que es un asunto anodino y vulgar, reservado a lo despiadado de las agendas.

Porque, desde aquel instante, cuando tus labios enjutos, tan cerca de mí, se abrieron para susurrarme al oido que te abrazara, abril se me hizo un libro infinito. Es tu nombre, el que está escrito en todas sus páginas.

La última gota

De semen blanco escanciado
entre los pliegues de una sábana,
de sudor anónimo y cotidiano,
de algún caldo lentamente
cocinado entre pucheros,
de agua de la lluvia que desata
la tormenta de una despedida,
de la saliva de un beso furtivo
que atraviesa una primavera,
de la espuma del mar empujada
por la brisa y el salitre,
de una lágrima escapada
de la risa o de un suspiro,
de la sangre de tu herida
o de la de tu enemigo,
de la escarcha,
del mercurio de una fiebre,
de la nieve
o de la tinta que se agria
sobre el papel de este poema
en que me lees,
la última gota es la que siempre
desborda el vaso.

Física doméstica

«La lengua es conductora de corrientes internas.

Hierro dulce en el centro,
dos cables alrededor del cuello
y una corriente
que transita.

Por cuestiones de física doméstica
-solenoide, imán, bobina-
la vida se queda imantada,
incluso teniendo los pies en el suelo.El resto
-agradezcamos a la ciencia
su argumento inflexible,
aunque no nos exima del dolor-
es un irse gastando inexorable
de la carga de las pilas.

De atraerse por lo opuesto de los polos
hasta el largo devenir de la entropía,
sólo pasa un beso.Los besos siguientes,
por cuestiones de física doméstica,
son un enorme adiós que sólo depende
de la gravedad, del rozamiento
y de la fuerza centrífuga.Por cuestiones de física doméstica,
yo nos propongo,
una vez llegado el momento oportuno,
levantar los pies del suelo
olvidarnos del mundo,
y levitar en el aire.