Palabras de otro (III)

Hotel

El cuarto de un hotel está siempre desangelado. En él suele haber cortinas grises que ocultan del sol y mesitas de noche que tiritan de ausencia.

Uno se encuentra por todas partes con cajones vacíos y armarios inhóspitos, con pastillas de jabón envueltas en celofán. Las sillas se vuelven incómodas, te expulsan de sus vidas y el borde de la cama en la que te sientas después, apesadumbrado, chirría soledad.

En todos hay un espejo en el que es imposible no ver a un tipo solitario que te mira asombrado. En cada cuarto de hotel, de cualquier hotel, siempre habita un extraño.

Y cuando te sientes extraño, cuando te miras asombrado sin saber lo que quieres, cuando ves a un tipo solitario en el espejo y la soledad chirría en la cama y las sillas se vuelven incómodas y los cajones llenos parecen vacíos y la luz de la mesita tirita una ausencia desangelada, entonces, te das cuenta de que la vida es el cuarto de un hotel.

Y ya no sabes en dónde estas, ni a qué viniste, ni desde dónde, ni con quién.

(Mayo-2009)

Palabras de otro (II)

Pasas deprisa

Pasas deprisa, radiante, tan bonita, por delante de la verja del patio. Yo estoy sentado en una silla, a la sombra, como si te estuviese esperando.

Las hojas trazan en el aire el mismo vaivén que tus pasos. Te miro a hurtadillas desde todas las sombras, con el corazón de puntillas y el espíritu sobresaltado. Casi, casi… como si fuese una cita.

Aprietas el paso cuando miras al suelo, mientras se alargan los diez segundos de tu visita hasta que parecen horas cosidas a la esfera del reloj.

Pasas escondida del sol, de un edificio a otro, perdida en tus propias sombras. Pasas en silencio, como pasa el amor, como pasa la vida, como pasan todas las cosas perdidas que no vuelven nunca más.

Pero al llegar al porche, justo en el umbral, cuando todo parece indicar que me ignoras, levantas el rostro y, como en un extraño hola, te despliegas de pronto en una mirada furtiva.

Pasas deprisa, sin parar, mientras te vuelvo a esperar a la sombra, en una silla. Casi, casi… como una cita que no acaba nunca de empezar.

(JUNIO-2008)

Palabras de otro (I)

Todos eran otro y, aunque sus palabras se parezcan entre sí, eran y son palabras de otros. Y a ellos me remito.

Volver la vista atrás es bueno a veces –¡uh uuuuuuh!-, tanto como no perder de vista el horizonte –y a sus presuntos implicados-. Recorrer en la memoria con imágenes dispersas aquellos otros –por cómo éramos-, deshacer en fotogramas la película de los sueños que se han tenido –con su super trampa correspondiente– y recalificar como breve el espacio transcurrido entre cada hola y su consecutivo adiós.

Por la boca muere ese pez que nada en mares de barcos hundidos, por la boca de los mapas recorremos caminos raros y dejamos que los otros tropiecen con nuestra piedra. Porque todo se transforma, porque no sé distinguir entre causa y efecto, aquí dejo los datos. Que cada quien combine aciertos y errores imperdonables a su manera, sobre estas palabras que no valen nada.

Fue en otro cine –¿te acuerdas?-, cuando lo caprichoso del azar puso a todos mis otros yo a caminar en círculos.

Y aquí guardo, entre silbiditos y canciones, mi carnet de majara.

Favor

Me gustaría olvidar cada noche un recuerdo, diferir un instante, diluir un deseo. Entramar fantasías extrañas en algún lenguaje sutil para deshacer los destellos de tu mirada y articular, con ellos, una palabra que pueda mantenerte lejos y a salvo del agua.

Aún fluye la noche sobre tu piel y se te derrama por los ojos entreabiertos. Aún me requeman, en la memoria de lo increíble, los acordes del arpa que arañé entre tu pelo. Aún me mueve los pies aquel baile de sonrojos que anunció con murmullos el comienzo de este sueño que más tarde acabará en insomnio.

Es difícil olvidar el cielo cuando se vive entre las nubes. Cuando todo se reviste con ausencias de cristal intermitente. Cuando el breve momento en que no estás se interrumpe siempre con las piruetas de tu nombre en una ventana; que nunca se cierra ni se abre sin que andes tú detrás, encerrada, quién sabe si para no verme.

Necesito que me hagas un favor, otro más, tal vez el último. Que, un día de estos en que apriete el calor, seas tan amable de dejar de serlo por un instante y me dediques, con tu mejor intención, un frío gesto de desaire.

Porque las manchas de ternura no se borran con azúcar. Sólo se quitan con vinagre.

(Junio-2007)

Seis meses

Este blog ya puede girar la cabeza, meterse el pie en la boca, balbucear gorgoritos. Tender las manos al aire esperando un abrazo tierno, o incorporarse en la cuna cuando está boca abajo.

Le duele la boca porque empiezan, por debajo de las encias, a inquietarse los dientes que luego serán un arma y más tarde un punto débil, y luego un bolsillo roto. Babea un poco, todavía, y le gusta morder, pero sin sangre ni excesivo celo en la operación.

Creo que podría ir tomando alguna papilla, sin gluten primero, por si acaso; e irle introduciendo después fruta blanda.

Voy a ponerlo a jugar delante del espejo para que vaya aprendiendo a reconocer su propia imagen y la distinga de otros rostros que aún tiene guardados en la memoria.

Que tal vez son los que le interrumpen el sueño, aunque debería dormir de un tirón toda la noche, pero aún no lo ha conseguido. Y quizás, con el calor que está por venir, siga sin conseguirlo. Pero, ciertamente, ya no necesita la presencia de nadie para conciliar el insomnio.

Debo irlo vacunando, si bien pincharle es un asunto que me da un poco de pena porque, tan pequeño como es, no entiende las agujas y su mecanismo contradictorio. De hecho, nadie entiende bien que para curarse haya que sentir dolor, aunque, con el tiempo, uno lo acaba aceptando.

Aguanta ya un ratito sentado, y le fascina estirarse en el suelo en busca de sus juguetes favoritos. Comienza a ser consciente del entorno y, cuando le tapo la cara con un pañuelo, mientras jugamos a las letras, se lo quita y sonríe como si fuese inocente.

Somos lo que aprendemos y en seis meses ha aprendido mucho. No obstante, ya traía aprendido, desde el escondite en el que fue gestado, tres o cuatro cosas importantes: que aunque nunca se escribe lo que se desea escribir, siempre se lee lo que se quiere leer…

Que cualquier palabra pasada fue mejor y, sin embargo, siempre aparecen nuevos modos de pronunciarla.  Que cada luego tiene su entonces y que cada entonces tiene su después. Que adiós y olvido son dos lugares distintos y muy alejados el uno del otro.

Estoy deseando que se le afine la vista y sea capaz de distinguir el cielo del mar, que aprenda a localizar el horizonte y comience a aprender lo lejos que está, ahora, todo lo que tiene que llegar tarde o temprano.

Pero con seis meses tan solo, no hay que precipitarse. Todo lo grande de este mundo empezó siendo pequeño, hay que tener paciencia.

Y pronto, espero que muy pronto, consiga pronunciar mi nombre.

Poética

A Aurora de Albornoz

Mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras
porque también manchase su ropa en la tardanza
de luz y libertad: esa tierna venganza
de llevarla por calles y lunas prisioneras.

Luego nos visitaba con extraños abrigos,
mas se fue desnudando, y yo le sonreía
con la sonrisa nueva de la complicidad.

Porque a pesar de todo nos hicimos amigos
y me mantengo firme gracias a ti, poesía,
pequeño pueblo en armas contra la soledad.

(Javier Egea)

El color de la vida

¿De qué color estás sintiendo lo que sientes? Porque sí, sí, todo es de color, como ya decían Lole y Triana, también los sentimientos, las sensaciones, los impulsos.

Azules son los colores de la simpatía, de la armonía, de la espiritualidad. Parecen fríos y distantes, pero es que quizás las felicidades nos alejen un poco del mundo y sus sinsabores. Azul es el cielo, azul es el mar, azul es el día que nos promete primavera.

En rojo podríamos pintar las pasiones, el amor y el odio, que no son contrarios sino diferentes. En rojo sentimos la alegría y el peligro, los labios y la sangre, en rojo sentimos la atracción. Los días rojos del calendario siempre son fiesta, aun cuando sea la víspera lo que verdaderamente nos importa.

En el amarillo podemos encontrar lo contradictorio, lo indeciso, esa innegable parte de nosotros mismos que duda si detenernos o seguir, si mirar atrás o adelante, si pisar a fondo o levantar el pie. Amarillos son el optimismo, los celos y hasta la traición. Son los días amarillos esos que comienzan con un nombre y acaban con otro.

Verde es la esperanza, lo natural cuando está sano. Verde es el veneno de las adicciones y verde es el camino que señala algún destino hacia el horizonte. Verde es el color de todo el que espera sin desesperarse y, en los días verdes, cabe toda posibilidad.

Todos los noes del mundo son negros, y el espacio infinito con su falta de luz. Negros son la muerte, el desprecio, el olvido y la avaricia. Pero también el poder es negro, por su inmenso lado oscuro. Para los días negros, que son días que nadie merece, necesitamos tener alguien a mano que nos preste luz.

El blanco limita al norte con la nieve, con la pureza de lo inmaculado, con la inocencia de lo que aún está sin usar. El blanco es un color del que hay que huir para estar vivo, y de los días blancos hay que escapar a toda prisa hacia la tentación para caer en ella.

El naranja es la calma, ese equilibrio dinámico entre las pasiones y sus inconvenientes, el color ácido y llamativo de las simples cosas cuando aún no se han decidido a enrojecer. Los días naranjas son los que mejor huelen y los que mejor se ven en la oscuridad con que la memoria entierra esas pequeñas mentiras sin importancia a las que les debemos no haber caído aún en la locura.

El púrpura y el rosa, son patrimonio de lo delicado, de quienes se aceptan completamente distintos de como son. Ambos colores aparecen cuando está a punto de haber un cambio; pero no un cambio radical y traumático, sino esa clase de transformación que apenas se nota hasta que no pasan sus efectos. De los días rosas y los púrpuras, uno no sabe nada hasta que no repasade nuevo las palabras que aún resuenan en el oído.

A quien quiera creer en este horóscopo que resume los días en un arcoiris extraño, debo decirles que todos los colores vienen siempre combinados, con un toque de gris inútil añadido, con la luminosidad acrecentada o rota por el azar. Saturados o tenues, la paleta de los días contiene más colores que nombres, más pinceles que lienzos, más manos que cuadros.

Por eso, el color de mi vida no es verdad ni mentira, sino el color de los ojos de quienes me miran. Diversas, consecutivas e intensas -que guardo como un tesoro en mi retina- variaciones del marrón.

Digan lo que digan, a mí siempre me pareció -y me seguirá pareciendo aunque se acabe- un precioso color para todo chocolate al alcance de mis labios, para toda mirada que se fija en mí, para toda vida que me atraviesa. Para toda combinación de colores que se mezclan en mis días.

El dilema de las patatas fritas

Tal vez oído en la mesa de al lado de un bar, o discutido contra una madre dietista de las que todos tenemos; quizá escuchado como angustia en confesiones diminutas, o en discusiones superficiales mientras el camino del colesterol hace de escenario, tengo que reconocer que me tiene obsesionado el dilema de las patatas fritas.

No hago más que darle vueltas al tubérculo en el coco -que, por cierto, tiene que ser una combinación culinaria interesante- y no consigo encontrar el punto intermedio, ese en el que hay quienes dicen que está la virtud o la solución.

Porque me gustan a rabiar las patatas fritas: a lo pobre -el anacrónico título con el que mis padres me las presentaron hace ya medio siglo-, con su punto crujiente y sus pimientos y sus huevos fritos, pomposamente llamados ahora «rotos». Y, armado con un cantico de pan, entrar a la suave batalla de mover el bigote y evitar manchas.

Pero claro, como nada es gratis en este mundo, resulta que engordan, que engordan muchísimo, tanto que, los delgados que saben de esto, ponen el grito en el cielo y nos aconsejan vehementemente un «vade retro» a todo satanás que venga disfrazado de fritanga.

Entonces debería ser fácil. Todos están de acuerdo en lo que nos conviene… adiós a las patatas fritas. Porque si no, habrá que despedirse de la cintura, que parece ser lo opuesto, y volver a preocuparse por analíticas diversas, deterioros imparables y pastillas contra la baja autoestima.

Abstenerse de lo que nos gusta y sufrir por el deseo, o disfrutar primero y sufrir los daños colaterales más adelante, en el consultorio, a la hora del sexo, delante del espejo. Sufrir por haber disfrutado o disfrutar ignorando lo que sabemos que se sufrirá.

De la decepción del espejo, desde el terror al momento playa, a la tristeza de la piña y su alegría de dos tallas menos; del orgasmo que después pasa factura, a la abstinencia que dispara la ansiedad; del aroma aquel con el que la felicidad nos abrazaba durante un ratito, al silencio largo de los meses sin que la piel se nos erice.

De consumir como sentido de la vida, a consumirse buscándolo con ceniza en los labios. De la mentira cotidiana del plato bien presentado, a la gran verdad universal de la báscula: en ese trayecto, recorriéndolo alocadamente desde una punta a la otra y viceversa, van transcurriendo mis meses, mis años, mis décadas.

Yo no creo en los puntos medios, porque el control es la más perversa de las medicinas y el más cruel de los venenos. Porque el control me ha hecho tan impropio como soy, porque ya salí del invernadero y de su temperatura suave, porque dos por dos dejan de ser cuatro si transcurre el tiempo suficiente… nunca consigo resolver correctamente mi dilema de las patatas fritas.

Pero se acerca la hora de la cena, como todas las noches. Y como todas las noches, sé lo que quiero exactamente, como exactamente sé lo que me conviene. Como sé, exactamente, que sólo coinciden muy, pero que muy inexactamente… O nunca.

Y como todas las noches, con coherencia o sin ella, sólo o con leche, triste o alegre, toca elegir quién, cómo, dónde, cuándo… e incluso por qué.

La soledad III
¿Vendrá?
Puede que venga.

Lo dice en esta carta que aquí llevo.

Se está yendo el verano… Y llueve. Las patatas…
¡cuántas ya se han podrido!
Los tomates se hincharon de tal modo
que rodaron por tierra, derramándose.

La fruta se acabó. Nunca los pájaros
comieron más duraznos y ciruelas.

Las acelgas… ¡Qué viejas y amarillas
están ya! ¡Qué buen tonto
sería si plantara de nuevo más lechugas!
Las gallinas cloquean por los muertos sembrados.

La lluvia ha enverdecido el banco de la casa.

La cocina está negra de hollín… Miro las sillas…
Una está sin usar… la otra ya tiene
partido un palo… El suelo
cruje sucio de tierra.

En un rincón, la escoba se aburre. Hace ya un mes
que no lavo las sábanas… Tan sólo,
enganchada de un clavo del muro de la alcoba,
sigue la nueva colcha de los pájaros.

Llega el otoño ya.

Mi mujer no ha venido. Yo no la conocía…
No la conocí nunca.

Era joven. Lo sé.

Unos veintidós años…
Aquí tengo su carta…
Yo he cumplido sesenta…
El polvo… El calor… Tal vez tantos kilómetros…
¡Vaya usted a saber!
(Rafael Alberti)