El futuro todo lo oxida

Trastero

Nubes blancuzcas, hiladas en finas hebras, entrecruzaban la tarde sobre las agujas del reloj, tejiendo una sombra tibia de melancolía que apaciguaba el calor de mayo. Llegaban con la brisa de paso alegre y entretenían al sol en tanto le tocaba volver a su guarida enterrada. Me fijé con esmero en el paisaje altísimo sobre mi cabeza. Para acabar pensando que, cuando se está en el fondo del abismo, sólo se puede escapar hacia el horizonte curvo de la certeza.

Me cegó el resplandor de una oscuridad mortecina, como bienvenida solemne, cuando crucé el umbral de la estancia. Quietas estaban las cajas, ignorantes de mi presencia, aletargando el silencio que las envolvía, allá, sobre los estantes de verde empolvado. Guardianas cansadas de porte arrogante; vigilando inmóviles el tiempo adormilado que amparan, dispuesto siempre a saltar hacia el presente a la primera señal de alarma.

”¡No toques nada!”, me decía la voz de un Aladino imaginario que buscaba conmigo entre las cajas, cuando contemplaba el orden de las cosas y no encontraba en ellas otro criterio que el de la desgana. Examiné los letreros garabateados con tinta vieja y temblorosa sobre los laterales visibles de los cartones, sin apreciar ninguna señal comprensible que me diera el norte de mis cábalas. ” Bienvenido al paraíso del ensayo-error” pensé, cabizbajeando los hombros en Sí bemol.

Brillaron en un desfile de instantes olvidados, todos los recuerdos liberados de las cajas que, ennegreciéndome las manos y destilándome nostalgia por todos los poros, fui desempolvando en la búsqueda. Infancias propias y ajenas, tesoros antiguos, tal vez juguetes rotos, volvieron a la luz del ahora, tamizados por la distancia emotiva y el desgaste rotundo del ímpetu de mi vida. Un collar de alhajas, engarzado a medias entre añoranzas y abandonos, que se fue perfilando sobre la penumbra vespertina, que entraba ya sin tapujos hasta el fondo de la sala.

No me empequeñeció el corazón la negrura del cielo, rota en el centro por el candil redondo de la luna, que vistió de noche el exterior, sino el gruñido de los goznes de la puerta que encerraba la barahúnda de polvo y reminiscencias que se quedaba a mis espaldas. Porque me di cuenta de lo leve que es la diferencia entre olvidar y recordar sin gana. Porque sabemos que es un tránsito inexplicable y muy doloroso, el que convierte en trastos viejos lo que antes nos parecieron tesoros.

Todos tenemos un sótano, un desván, en donde apilamos sin orden las filas innumerables de nuestro ejercito mudo de estorbos. Todos llevamos uno a cuestas, siempre lleno. Ahora quisiera saber en el trastero de quién tiembla empolvado mi recuerdo, -quiero decir, mi olvido-, esperando sin fin a que unas manos serenas, una tarde gris de primavera, le levanten el castigo.

Con el último cacharro rescatado de la estantería, subiendo las escaleras del patio que terminan bajo el celindo florecido y oloroso, con la noche palpitando en las esquinas, mi último escalón fue el desconsuelo de recordar tus ojos cuando te enredabas en mi pelo y me llamabas, en voz baja, ”mi tesoro” .

(Junio-2007)

LITURGIA
Querida amiga:
estamos aquí reunidos
para celebrar un beso.

Estamos aquí reunidos
desvistiéndonos de circunstancias,
ataviados con las ganas hechas encaje,
rezumando presente por los ojos
y con el corazón galopando salvaje
desde el prado de los promontorios.

Vamos a palparnos los filos
hasta encontrar las certezas erizadas,
hasta llegar a un acuerdo
con la sangre atrincherada bajo el tumulto.

No hay que decir más palabras que las justas,
expulsando el aire que tanto nos separa,
dejemos que ardan la piel y la inconsciencia
mientras el tiempo se derrumba
a nuestro alrededor.

Celebremos con el lenguaje de los cuerpos
este beso fresco, húmedo, afilado,
que nos unte de la materia del presente.

Que nos ciegue el resplandor de la fragua
que convierte un beso ágil y fuerte
en la llave que abre la puerta de otra vida.

No obstante, el futuro todo lo oxida.

Tanto tiempo

¡Empieza a hacer, ya, tanto tiempo!
Todo lo que brilla es siempre pasado,
estrellas en la noche, luz antigua,
lunas reverberando sol pretérito,
recuerdos transformados en ausencias
tal vez maquilladas de un esplendor
que entonces no supimos.

Me resisto al torbellino -aunque
hace tanto tiempo de cada todo-
cerrando los ojos y viajando
a aquel tiempo que ahora parece
dorado lugar de rosas sin espinas.

Parecía entonces tan pardo, tan gris,
con tanto humo como el que ahora discurre
por entre los dedos que teclean vaguedades
a horas que no son su costumbre.

Entonces eran otros los brillos
que titilaban las noches de un insomnio
que, si bien era mejor amigo,
rozaba con más aspereza las sábanas.

Nada hacía presagiar el destello,
                                                    la llamarada,
no se deslumbraban inquietas
                                                 las manecillas
por el impulso de ese relámpago
que ahora aparece indudable.

Hace ya tanto tiempo de todo
-de las flores, del mar, de la lluvia-,
pero yo me resisto al torbellino
creyendo que, luego, más allá
de un nuevo tanto tiempo de todo,
brillará lo que ahora navega
por el fondo, entre las nieblas,
sin ruido ni gravedad.

¡Hará entonces tanto tiempo de todo!
Y sin embargo, aún no habremos aprendido
a masticar tan despacio la alegría
que duré más que el desencanto,
ni a entender que serán mentira
todas las verdades que ahora,
con el corazón envalentonado,
escribimos en un poema,
en una piel, en la mesa del bar donde
-hace ya tanto tiempo de todo-
me tembló el nudo de la voz
mientras brillaban en mí tus ojos.

La sombra de otros días

Un recuerdo que me has despertado, locaporlaluna

A medias

Mil veces me he dicho que las verdades a medias son las peores mentiras. Y mil veces me he mentido, queriendo creer a medias lo que los demás me señalaban como verdades. Pero caigo en la cuenta de las mentiras a medias que necesito para sobrevivir al desamparo de mi propia candidez.

Para mí no es sencillo explicarlo porque yo sólo lo entiendo a medias. Las únicas mentiras que me asustan y me dejan sin aliento, son las que siempre he sabido y escuchado a media voz en tus labios. Porque necesito creérmelas a medias para encontrar aire que respirar contigo.

El día que decidas no estar y deje de oirlas, no sé si las seguiré creyendo. O dejaré también de habérmelas creído, para poder soportar, a medias, la verdad que dejes conmigo. Querer creer mentiras siempre pinta de color triste el camino.

Las verdades a medias son las peores mentiras. Las mentiras a medias quizá sean, quién lo supiera, las peores verdades.

Sé que malherida mientes
detrás de una sonrisa
por no devolverle al mundo
su verdad y su miseria.

Pero reconozco también tu pereza,
tu desprecio, tu indiferencia;
sonríen cuando tú sonríes
y dejan creer que crees
que tus amigos son, al fin y al cabo,
tus amigos, que tus amores
te quieren según dicen, vamos,
que te quieren, que esta vida, en fin,
es la vida, más o menos.

(Ángeles Carbajal, La sombra de otros días, 2006)

66666

Me sorprendió a la salida del túnel -todos los túneles tienen salida menos el último- y me llamó con sus relucientes guarismos de cuarzo.

Era un kilómetro cualquiera, recorrido un día cualquiera entre dos puntos cualquiera de mi vida. Me resultó extraño que con un nombre tan bonito, no fuese más que un kilómetro cualquiera, de un coche corriente, con un hombre vulgar en sus palancas.

Y es que me temo que a la vida no le importa sincronizar los brillos que produce; es más, me atrevería a decir que todos los destellos que creemos ver no son más que inventos de unos seres que necesitamos urgentemente ahuyentar la oscuridad, aunque solo sea por un instante.

El caso es que aquel número curioso me hizo pensar en el nombre de los kilómetros que cuenta. Recordé entonces kilómetros nervios, kilómetros ansiedad, kilómetros deseo y kilómetros paz. Y kilómetros aburrimiento, y kilómetros lluvia, y kilómetros muslo, y kilómetros luna, y kilómetros tristeza.

Hice un breve recuento de pasajeros y de destinos, de músicas que sonaban en el corazón o en los altavoces. De equipajes y playas y semáforos ámbar. De temperaturas y vahos, de dolores de cintura y de paisajes atravesados.

No recordé, sin embargo, ningún bache. Y es extraño, porque sé que los hubo; porque los hubo sé que yo iba solo conduciendo un coche cualquiera mientras recorría un kilómetro cualquiera, pero con un nombre precioso.

Me gustaría, o bien de serie, o bien por encargo, llevar encima un contador de caricias que me fuese indicando la extensión de pieles explorada por mis manos y que me llamara, de tanto en tanto, con un número brillante hecho con letras de cuarzo.

Para recordarme, como este 66666, no las cruces de cada mapa por el que he transitado, no los nombres o el calor de las pieles agregadas a su conteo infatigable, sino para recordarme que, aunque me parezca estar parado, a trompicones, sigo recorriendo caminos.

Caminos que, por supuesto, kilómetros más allá o más acá, me conducirán, irremisiblemente, a Roma. Que, como todas las ciudades del mundo, estará en un sin ti cualquiera -con su correspondiente contigo adosado-, recorriendo un kilómetro cualquiera de una carretera cualquiera, a la salida de un túnel cualquiera.

O en el centro del último túnel.

Las cosas han cambiado…
Las cosas han cambiado,
y todo sigue igual que ha estado siempre.

                                    Sabías que una vida no era lugar bastante,
para lo que una vida debía merecer,
y hoy sigue sin bastarnos.

                                      Antes no había
lugar al que negar, no había sombra, puerto,
un más allá del viaje donde decir ya basta,
hemos dado por fin con el final del túnel,
y hoy el túnel, el puerto, la sombra y el final
están igual de lejos. Suma y sigue.

                                      En el amor no había
nada distinto al resto de las cosas,
pero sí era distinto
ese juego violento al que apostar la vida,
y que a veces movía las estrellas,
la luz de la conciencia, y al que hoy sigues jugando,
y en él te va la vida.

                                     Las palabras no ofrecen
la nave que abre el mundo, ni hoy ni entonces,
pero algunas palabras, al trazar una historia,
con su amarga belleza, que no nos abre el mundo,
nos lo hacen habitable.

                                       De unos tiempos sin gloria
a otros sin gloria. Tal como sucedía
ayer, quien se equivoca no ha de volver atrás.

Sólo el orgullo nos mantiene en pie,
y el miedo a empeorar en adelante.

                                    Las cosas han cambiado.

Y ni más sabio,
                             ni deseos más puros,
                                                                  ni más fuerte.

Todo es igual. Han cambiado las cosas.

Nada de lo que diga importa demasiado,
y todo sigue en el lugar de entonces.

(Carlos Marzal)

Palabras de otro (Epílogo)

Persistiendo

Por el mismo camino estrecho y con el mismo desconocimiento de hacia dónde me lleva. Aquí, persistiendo en los mismos errores cometidos después de haberme entrenado a conciencia para evitarlos.

Terminando los mismos ciclos, dando otra primavera por perdida, desesperando un otro verano que posiblemente también acabe siendo el mismo de todos los años.

Mantengo guardado en el centro de mi corazón de madera, como un tesoro que contemplar en noches difíciles, una mesa de bar con tus nombres grabados, con fechas atrapadas en arrugas del calendario y teléfonos de la esperanza que alguna vez me supe de memoria.

Sigo en la misma batalla conmigo mismo, dilucidando nubes que no están en el cielo, extrapolando sueños pequeñitos antes de que exploten, extrañando aromas que llevo adosados a esa parte de mí que ya no soy yo. Y, al mismo tiempo, mirando hacia la vuelta de la esquina, asomando mi vértigo al abismo conocido de otras caídas, dando pasos trémulos que no pretenden ser rectos ni torcidos, sino míos tan sólo.

Persisto en practicar este tipo de sexo raro, relleno de teclas-beso, de carícias-tilde, de amores-párrafo. Un sexo lejano de actos-frase, un sentimiento distante de comas-mordisco, una emoción contenida en historias-texto con finales tristes que intento endulzar apostándolo todo al azar del punto y seguido.

Insisto en este cálido desconsuelo de conservar el brillo de todo lo que ya he dado por perdido, para mantenerlo encendido a pesar de las luces. Persisto en adornar con un cierto estatus clandestino todas las cruces de mi mapa del tesoro. Consisto en este no saber decir nada que no haya sido escrito primero y, después, convertido en mentira.

Libremente atrapado en el mismo insomnio que he sido, que soy, que terminaré siendo, y que ya no distingo del sueño o del duermevela. Sigo domiciliado en la espera, habitando en la víspera del porvenir que nunca llega.

Persisto en el filo del mar, acechando olas que me revuelquen por la arena aunque trague agua por la nariz y la sal me deje un sabor áspero en la garganta. Continuo prefiriendo la lluvia y su humedad a la placidez de la calma que viene después de las tormentas.

Continuo en el mismo antro que desgrana la misma música por los altavoces del ruido de fondo. Y, en fin, sigo con los mismos kilos sin perder, con el mismo humo sin vender, con la misma ansiedad de sofá y la misma pereza hecha sótano.

He cambiado muy poco: alguna ropa de las rebajas, unos muebles de jardín que estaban de oferta, el color de unas paredes que no combinaba; algunos nombres desconocidos que llevarme a la boca, otros mapas en los que andar a gatas y perdido, nuevas rayas en el agua, cierto descontrol de pelusas por debajo de la cama y las consabidas actulizaciones de windows.

En fin, que sigo huyendo hacia delante, descubriendo que los nuevos caminos conducen siempre a los mismos sitios, aprendiendo que no hay otro modo de caminar que no sea en círculo; persisitendo en encontrar respuestas para esa pregunta que nadie ha conseguido nunca formular, en ningún idioma, con las palabras de otro dichas al oído.

Y se dicen , incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.

Y parecen -nada
más que parecen- felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo; esta
desesperante, estéril, larga
ciega desolación por cualquier cosa
que -hacia donde no sé-, lenta, me arrastra.

(Ángel González)

Palabras de otro (y X)

Costumbres

En junio siempre termina la vida y comienza el verano. Que es como un epílogo pegajoso que se enreda en los calendarios, un paréntesis de calor entre proyectos y, a veces, un proyecto de paréntesis entre el calor.

Comienza el viaje hacia septiembre llenando el aire de puntos que, las más de las veces son puntos y seguido. De tanto en tanto, los puntos son finales y los textos terminan sin un párrafo redondo de esos que llevarse a la boca en las noches de insomnio.

Pero también suceden puntos suspensivos de los que esperan acontecimientos; o de los que desesperan respuestas que, por cuestiones de agenda, hay que dejar para después. Un después que siempre llega tarde, naturalmente, y que, aún más tarde, justifica su correspondiente entonces.

Uno dice adiós con minúscula a las costumbres adquiridas, incluso a las desadquiridas durante el devenir de las intrahistorias, para cambiarlas por otras con más chanclas y menos tela y menos despertadores.

Pero no por decirles adiós las costumbres se olvidan. Por que tienen las costumbres la dichosa costumbre de acostumbrarnos, que es como querer creer que se cree en ellas, como convencerse de su conveniencia, como habituarse a ese hábito suyo que no hace al monje.

Porque las costumbres tienen la sustancia de la vida, eso que distingue unos días de otros: la baranda a la que uno se agarra cuando mira hacia el abismo, el mantra que se recita ante la intemperie, la canción que se tararea para espantar el túnel y concentrarse en la luz del fondo.

Pero las costumbres no se olvidan por decirles adiós. Se empeñan viscosamente en aferrarse a las liturgias, se esconden en las horas del día en que la mente se queda libre de conversaciones externas, se filtran en las palabras que se cuentan o que se escuchan. A veces penden de un nombre que vuelve en otros rostros; o se transforman en un ligero temblor de manos cuando se escribe. O se sublevan en las arenas que el mar remoja o se depositan en los acordes de una canción tantas veces tarareada en compañía.

Olvidarlas es mucho más que prescindir de ellas y decirles adiós; mucho más que resignarse al picor de las ausencias, mucho más que cambiar de sitio el sofá. Olvidar es difícil, más difícil que no practicar, mucho más difícil que empeñarse en no recordar.

Olvidar es elegir una respuesta sobre qué será de mí, qué será de ti, sin nosotros. Decir adiós, en cambio, es una pregunta. Una pregunta que no se termina nunca de contestar. Decir adiós es preguntarse continuamente ¿qué será de nosotros sin ti, sin mí?

Pero las costumbres no se olvidan. Ni siquiera aunque venga otras nuevas que rellenen los días con otros modos de correr por el reloj. Y algunas, como la costumbre de esperar o la de los cantautores, como la costumbre de teclear instantes, vuelven de tanto en tanto, en cuanto que uno se descuida, y se nos salen por los dedos y su memoria electroquímica.

Decimos adiós a muchas costumbres, y a algunas con imposible tristeza. Pero las costumbres no se olvidan. Especialmente, aquellas preciosas costumbres que nos salvaron la vida.

Los despojos del mar roen apenas
los ojos que jamás
-porque te vieron-,
jamás
se comerá la tierra al fin del todo.

Yo he devorado tú
me has devorado
en un único incendio.

Abandona cuidados:
lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo.

(Ángel González)