Pero hay corazones que nunca se entrelazan en línea recta, sino que dan vueltas aproximándose al final a la increíble velocidad de veinticuatro horas al día, al inesperado ritmo de varios meses por noche.
Mantengamos la imagen del viaje en la retina, confabulemos contra el olvido y la infelicidad, engañemos a los nervios antes de la debacle para poder regalarnos todo lo aprendido antes de que llegue el final.
Pero hay corazones que nunca se entrelazan en línea recta, sino que vuelan -no sé si libres- recorriendo laberintos de escombro que acumulan al andar.
Tal vez así sigamos siendo eternos cuando todo lo que mereció la pena se nos escurra de los dedos y resbale hasta la desmemoria con un baile titubeante, con el borrador mal escrito de la que fue nuestra canción.
Pero hay corazones que nunca se entrelazan en línea recta, aunque siempre, todo lo que se separa muere recorriendo una espiral despiadada que duele dudando quién se equivocó más.
Si hubo un inicio habrá una última vez, una última vez que siempre nos llegará por sorpresa.
Todo poema es tiempo y ulcera los minutos de su existencia con una taimada secreción de palabras medidas y desmedidas.
Discurre por los granos de arena de un reloj atrapado en el papel, que quedan esparcidos por el camino de vuelta, intentando ocultarlo. Imposible mirar al verso anterior y calibrar el gozo o la ruina con la que fue desentrañado de un vocabulario infectado por la memoria.
En cada escalón que se baja por el poema hacia el infierno, más difícil es conservar ese equilibrio imposible entre lo que se dice y lo que se quiere decir, entre lo que se lee y lo que se quiere leer, entre lo que se vive y lo que se quiere vivir.
Y cuando llega al final todo poema, algo, no sé, una ceniza, un golpe de viento, un leve temblor en el silencio… otra mariposa de tinta que muere inútilmente, solo para intentar a duras penas resistir la catarata del olvido.
HUECOGRABADO
igual que no es ningún genio quien sospecha que la lentitud venenosa de un otoño tiene por testigo final a cualquier calle la tinta de este papel también es la tinta última y en la improbable forma con que consiga abrazarme a su mentira jamás podrá ser más cierta la vida. Pues no porque se repitan hasta la fatiga dejo de saber que mis poemas no son más que los retratos de unos penúltimos suicidios, el puño que si se abre todas las llagas de la sombra tiene y también el corazón que suspira por la sigilosa huida que se transfigura en las ventanas. Que juntos quizá forman un instante solo y tenso en lo rojo o en la noche, un pobre tiempo fiero en el que el corazón aprieta y muerde para que después la vida se descanse y con igual tristeza retome mi cintura; instantes de derrotas y de muros, desangelados arañazos o torpes ensayos que con insistente timidez anuncian despedidas estos mis ocres versos en silencio sabedores de que si de la noche salgo no estoy en ningún sitio.
(Santiago Montobbio)
Nocturno (poema de Rafael Alberti, 1969) Canta Paco Ibáñez.
Por casualidad, es caprichoso el azar, buscando otra cosa, la volví a encontrar en forma de banda sonora. Mientras la escuchaba, no conseguía recordar la trama, pero mi memoria sí que tenía puesta una marca señalando algo que me había emocionando muy profundamente.
Tanto, que escribí sobre ella en un viejo blog de mentiras; así que busqué el texto y encontré algunas pistas: sentirnos infinitos, aceptar únicamente el amor que creemos merecer…
Pero no era suficiente, había algo más profundo en la peli que me conmovió y quería recordarlo, apretar el puño para creer que así no se me está escapando la arena entre los dedos.
Me puse a buscarla impulsivamente y no pude esperar para verla de nuevo, como si escondiera un código secreto del pasado que descifrar con urgencia.
Sí. Lo he conseguido. La he encontrado, la he visto de nuevo, he descubierto el mensaje y he recordado que lo había olvidado. Pero no es lo que pasa, ni lo que se dice, ni lo que se intuye.
Tampoco tiene que ver con la impresión impalpable de que quererse no es suficiente y que siempre se necesita algo más.
No es el drama principal ni los otros melodramas adolescentes que se suceden. Ni siquiera es la impactante actuación de Ezra Miller y Emma Watson.
Sí. He redescubierto el mensaje. Pero, ¿sabes lo más sorprendente? Que la peli no habla del pasado, sino del futuro.
La sigo mirando y me sigue pareciendo preciosa y me sigo sintiendo infinito.
Cuando digo que lo bueno y lo malo de las personas, de las relaciones, de los avatares de la vida, vienen inseparablemente juntos y revueltos, parece que quiero decir que son cosas distintas.
Es más sutil. No se pueden separar los opuestos porque son el mismo. No hay un lado bueno del hombre y uno malo, sino que el hombre es uno, un uno que se sucede en el tiempo.
Los asuntos, las personas, vienen como un todo y, a veces, toca ver la belleza del fuego ardiendo en la chimenea y sentir su calor agradable; otras, en cambio, palidecer de terror frente al incendio. Pero el fuego es el mismo.
Por ejemplo, que todo pueda esperar es, sin duda, una señal de confianza, de tranquilidad, de saber que lo que hay no va a desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Permite encontrar mejor momento, mejores palabras y, cuando llega, abrazarse con más ansia.
Pero que todo pueda esperar es también, al mismo tiempo, una dolorosa falta de urgencia. Colocar delante de todo las otras cosas que no siempre importan, los otros asuntos antes que los que dejan huella, las palabras de ascensor sonando más fuerte que los besos.
La espera es la misma, inseparablemente lenta, con su mismo huracán de la cabeza y sus mismos cambios de ritmo en el corazón. La espera es la misma, pero algunas veces, por predisposición o por cansancio, uno ve las sombras antes que la luz que las crea.
Todo puede esperar, es cierto, estoy de acuerdo. Si bien nos perdemos la terrible y hermosa toxicidad de lo urgente, las palabras revueltas con lágrimas, el corazón latiendo en los labios en mitad de lugares completamente inapropiados para el amor.
Cuando todo puede esperar nos hacemos menos daño, pero nos perdemos las heridas y su certeza de vida. Nos perdemos la intensidad y el drama. Nos perdemos el hilo de voz cuando apenas consigue salir del cuerpo. Nos perdemos silencios que requieren testigos presenciales para conjugarse. Nos perdemos la otra parte de nosotros mismos que no nos damos a conocer.
Aunque, si hay que elegir, así, sin esperas, yo elijo esperar, lo prefiero. Lo prefiero antes, ahora, luego. Prefiero esperar cuando todo puede esperar y el que espera no duda de su paciencia.
Pero sé que algunas veces no todo puede esperar y este calvario de los entre días, esta desazón de la víspera, puede convertir la manía de esperar en un modo de cobardía, en otro más de los ridículos que acometo.
Puede que ese día no haya empezado bien y estorben las reuniones, los minutos se detengan entre lágrimas agridulces o se aceleren con los nervios. Es posible que sea un día de esos en los que las despedidas pesan más que el alma, que se va bajando a los pies.
Llegarás cansada con un cansancio turbio, acarreando pasados que buscan sombra. Llegarás cansada con un cansancio disciplinado por entre las semanas y con la boca seca de tener que respirar por ella. Y yo llegaré cansado también, con un cansancio ondulado que rezuma las vueltas del insomnio, con un cansancio tortuoso por la boca del estómago hecha un nudo de inquietud.
El calor habrá desecho el apetito pero no el deseo, que se irá abriendo camino hacia la punta de mis dedos, que buscará la llave de tu lengua para destapar suspiros. Quizás estemos más a gusto en la cama cuando te tiendas con los ojos cerrados, quizás estemos más a gusto a tientas cuando te vaya subiendo el vestido.
Tal vez ese día no haya empezado bien y esa arena que se escapa de las manos se nos haya vuelto tan viscosa que no nos permita pasar a limpio el borrador de un acto de amor que habremos empezado. Y sonreiremos un lamento por el fracaso y anotaremos sudor en el reverso de la ley del deseo.
Puede que ese día no haya empezado bien y que yo te quite los zapatos con torpeza mientras explota la tarde con su fresa ácida. Puede que tú te enroques en el flanco de la ventana para poner mansedumbre sobre las sábanas humedecidas.
Quizás tengas sueño y tu cuerpo pida abandonarse a mis brazos para el descanso, quizás yo tenga un sueño que se cumple despierto y mis brazos pidan abandonarse a tu cuerpo. Puede que cinco minutos no sean suficientes para encontrar la diferencia entre una multitud pequeña de besos digitales y la sola y larga caricia de una piel que se funde con otra por los dedos.
Seguramente habrá después que restituir el mundo a lo cotidiano, volver a componer el puzle de una cordura que nunca vale lo que cuesta. Seguramente después resumiremos todos los besos en un abrazo final que no sea el último. Seguramente, la vida estará impaciente esperando en la puerta con el motor en marcha y habrá que abrocharse la intuición y agarrarse a las palabras para no permitir que las mentiras nos atropellen.
Puede que ese día no haya empezado bien, puede que su transcurso no sea inocuo. Puede que ese día, que no empezó bien, como tantos otros, sólo haya tenido un rato de cielo. Puede que ese día sea tan mentira como cualquier otro, tan leve como un paso perdido que se da en la arena del rompeolas.
Pero ese día llevará dentro esta verdad que te escribo, esa que sólo las caricias pueden mantener en pie y que no tiene más sitio en donde caerse muerta que el largo espacio en que no estás.
El breve espacio en que no estás (Pablo Milanés, Comienzo y final de una verde mañana, 1984)
Consejo de sabios (Vetusta Morla, Mismo sitio, distinto lugar, 2017)
Cada paso que damos, cada segundo que transcurre, algo le ganamos a la vida.
Pero, al mismo tiempo, también hay algo que vamos perdiendo, como el oro que, al labrarlo, va soltando esquirlas que eran, en sí mismas, tan hermosas como la medalla que resulta al final.
Como una perla, que al bruñirla suelta esas capas adheridas que la hacían ser única entre todas, mientras que ahora es indistinguible de las otras que se esclavizan en el mismo collar.
La interrogué al mismo borde del paraíso, cuando todo era de color y mi cuerpo no pesaba entre palabra y palabra. Le pregunté a ella, con una mezcla tan indecorosa y enérgica de humor y miedo que daría todo el sinvivir que me quede por volverla a disfrutar y padecer, que si tenía pensado olvidarme.
Flores pisoteadas son los recuerdos cuando se marchitan en los márgenes del tiempo, esquirlas de amor tan valiosas en si mismas como las historias embellecidas que nos empeñamos luego en labrar con los cascotes del derrumbe.
También llegará mi momento y lo digo con la tranquilidad de saber que no hay más día que hoy en ningún calendario. Pero aquella noche ella contestó —con una sinceridad que jamás podré perdonarle— que solos seríamos un instrumento, que tarde o temprano nos despediríamos sin hablar.
Unas noches más tarde —unos meses, unos años después, ya no recuerdo— tres besos certeros que le disparé al aire la hicieron llorar.
No ha quedado ni una sola palabra de todo lo que nos perdimos uno del otro y si alguien alguna vez me preguntara por su nombre de flores, tendré que responderle con evasivas. Porque no sé, no sé, no sé… y duele menos olvidar.
Perlas ensangrentadas (Alaska y Dinarama, Canciones Profanas, 1983)